sábado, 3 de octubre de 2015

MIS LABORES (VI)

Papar moscas                                                                                         

He de confesarte, amigo perezoso, que en el catálogo de mis desocupaciones hay una a la que me entrego con verdadera afición y gusto y que, por demás, ha sido dedicación privativa de muchos de los sabios que en el mundo han sido. Se trata, claro es, de papar moscas.
   Conviene decir de entrada que el verbo papar cuenta con un acreditado pedigrí referido a la acción de comer, sobre todo cosas blandas que no hay que masticar; aunque no es desdeñable el originalísimo sentido irónico que aprendimos cuando acompañábamos al hidalgo famélico, amo de Lázaro, que corría “a buen paso tendido” por las calles de Toledo “papando aire”, como retrato impagable del hambre viva.
   En el lenguaje popular, sin embargo, la acción de papar se realiza sobre todo con un menú de moscas; e incluso existe un verdadero profesional de la degustación mosquera, que es el papamoscas, pájaro que se domestica fácilmente para liberar a las casas de estos dípteros, inmortalizado en el desempeño de su ocupación en la catedral de Burgos, imagen que todo el mundo busca, y mira y casi nadie ve, porque aparece disfrazado de diablillo feo y juguetón.
   Pero viniendo a lo nuestro, te diré que las moscas nos proporcionan a los tocados de nuestra enfermedad actividades que en nada desmerecen nuestra acreditada fama de desocupados, como, sin ir más lejos, cazar moscas, que dice a las claras que nos ocupamos de cosas vanas e inútiles y, por tanto, sin sospecha de provecho alguno; desocupación muy distante de la fatigosa y prolija faena de atar moscas por el rabo, que dice mucho en detrimento de quien la practica.
   No obstante, el mejor oficio del mundo, para satisfacción y honra nuestra, es sin duda el de papar moscas, que viene a ser el éxtasis, el encanto y el hechizo de la desocupación, el principio y el fin del no hacer nada. Y ahí puede vérseme, durante las horas muertas, embelesado, con la mirada perdida en el infinito, persiguiendo alguna mosca que zascandilea por los cielos del salón, de la oficina o del taller mecánico, con la boca abierta, como si me dispusiera presto a paparla.
   Y como imagino que este mi embobamiento -que me coge en cualquier momento y lugar, pero especialmente donde hay mucho trabajo y ajetreo, como camuflaje camaleónico que permite el disimulo y la distracción de los trabajos que afligen al común de los mortales- no difiere mucho del tuyo, no es preciso darte pelos ni señales de este arrebato casi místico que me tiene sin hacer nada, fingiéndome una mosca muerta, aparentemente apagado de ánimo y de ingenio, aunque no pierda la ocasión de mi provecho, que es precisamente sacudirme las moscas de todo aquello que sea para mí embarazo y estorbo. Y no digo más, que en boca cerrada no entran moscas, y con todo lo dicho ya se me entiende.
MIS LABORES (V)

Estar a la sopa boba                                                                              

El Arcipreste de Hita, hombre rico en experiencia, constata que el mundo se afana por haber mantenencia y juntamiento con hembra placentera. Y no seré yo quien lo desmienta, sino todo lo contrario; pero dada mi condición de “varón prudente y discretísimo”, no diré nada sobre la segunda parte de su sentencia por no contrariar el mandato de la Santa Madre Iglesia; aunque sí algo sobre la primera.
    Adán ya se alimentaba a la buena de Dios, y la historia cuenta que lo hacía de pan; pero advierte que la maldición bíblica lo condenó a ganarlo “con el sudor de su frente”. Y es ahí donde los desocupados diferimos: alimentarse, gozar de la mesa y de los placeres de la vida, pero no a costa de afanes y trabajos.  Y no invento nada porque ya en la Edad Media muchos miembros de nuestra cofradía comían a la sopa boba, es decir, de gorra, aprovechándose de la caridad de conventos y casas señoriales, que los alimentaban graciosamente.
    Así nació una nueva forma de vida que fue la de “andar a la sopa boba”, de un sitio para otro, a ver dónde se agenciaba uno la dicha mantenencia. Y como todo mejora y llega a la perfección, este comer de gorra se convirtió en una filosofía del buen vivir, sustentada en la holgazanería y el mantenerse a costa de los demás. Así surgieron especies tan notables como los gorrones, chupones, aprovechados, parásitos, pegotes, sablistas y sacacuartos; pertenecientes todos a la categoría de los holgazanes, haraganes, indolentes, perezosos, vagos y ociosos, cuya única ocupación era vivir desocupados a costa de la ocupación de los demás.
   Pero yendo a lo nuestro de ahora, los modernos “soperos” no somos como los antiguos, a los que fray Juan de Pineda retrata “andando de hogar en hogar donde ven que sale humo;” porque nosotros preferimos andar en casita o, mejor que andar, estar tendidos en el sofá, despreocupados del trajín cotidiano, sin atender a encargos ni mandados, ajenos a dimes y diretes que nos distraigan de nuestro afanoso no hacer nada: leer el periódico, consultar el ordenador, mirar la televisión, manosear el teléfono o mandar mensajes a amigos y enemigos. Y luego nos pondrán a nuestros pies el reparador aperitivo de frutos del mar y de la tierra, en bandeja casi de plata, mientras nos llega el vaho de los pescados, carnes y demás viandas que se ultiman en la cocina, en un feliz estar a la sopa boba pensando que ahí nos las den todas, incluido el café y la copa, y sin perdonar, además, una buena siesta.
    Y las malas lenguas, que siempre las hubo y las habrá, hablarán y no acabarán de nuestra vida holgada a expensas de otros, ajenos a trabajo alguno, sin reconocer nuestro afanoso y sufrido estar a la sopa boba, esperando que nos caiga la breva.
MIS LABORES (IV)

Tumbarse a la bartola                                                                            

Mírenlo ahí, en un rincón del jardín o de la huerta, debajo de una parra frondosa o de la verde higuera, tumbado boca arriba cuan largo es, con la cara tapada con el sombrero de paja y el botijo de agua fresca colgado de una rama. Mírenla también a ella, tendida sobre la hamaca de rayas en lo alto de la terraza, bien ligera de ropa y protegida de cremas, tostándose al sol, como si cumpliera una ardua penitencia. Miren también al abuelo y al niño, despatarrados en el sofá, a la hora de la siesta, con cara de benditos, durmiendo a pierna suelta arrullados por el concierto de ronquidos inmisericordes que los envuelve. Aunque alguien pudiera pensar que ninguno hace nada, sí que hacen; y lo que hacen es estar tumbados a la bartola, que es mucho hacer.
    Tumbarse a la bartola es la ocupación más vieja, reconfortante y gozosa de los desocupados desde que el mundo es mundo. Si no, díganme a qué se dedicó Dios –y líbreme él mismo de tomar su santo nombre en vano- cuando la crónica de sus hazañas dice que “el séptimo día descansó”; y confiesen que adivinan en qué postura desearía estar fray Luis de León contemplando la armonía y la perfección del universo, obra del antes citado, cuando dice: “Tendido yo a la sombra esté cantando”; y añade: “A la sombra tendido, / de hiedra y lauro coronado, / puesto el atento oído / al son dulce, acordado, / del plectro sabiamente meneado”. Además, si se informan bien sabrán que tumbarse a la bartola es una expresión que procede de la antigua tradición medieval de entregarse al descanso y la holganza a partir de la fiesta de San Bartolomé, a finales de agosto, cuando se daba por concluido el ciclo anual de las faenas del campo.
   Los personajes que hemos citado arriba eran tumbados que se tendían para resarcirse de sus trabajos y fatigas; pero ustedes que me leen, y yo que les escribo, aspiramos a ser tumbados sin causa, que hacemos esto a palo seco y como una ocupación principal. Y presumimos de ella y la reivindicamos en todo momento y lugar, con la energía que nos deja ejercer la modorra y el desentendimiento que conllevan estas desocupaciones que nos ocupan buena parte de nuestro tiempo.
   Como no quiero cansarme ni cansar a nadie con mis prédicas, no me extiendo más. Aprovecho la ocasión, benditos lectores, si no están dormidos como tales, para desearles un largo descanso o una buena siesta. Y ustedes, tranquilidad y buenos alimentos: coman, duerman y no se ocupen de nada, que de lo demás ya se ocuparán los otros. Y a descansar, que esta vida son dos días. Pero tumbados a la bartola, naturalmente.