viernes, 11 de diciembre de 2015

MIS LABORES (X)

Inspeccionar nubes                                                                               

Estábamos aquí, desocupados y felices, cara al cielo, contemplando el desfile de las gruesas nubes que acariciaban con su guante otoñal las cumbres de la sierra, o el frío color plata de los tristes nublados invernales, o los penachos blancos y compactos de las tormentas de primavera, o los juegos de los pequeños velloncitos que se perseguían en el inacabable cielo azul del verano. Y entonces fue cuando nos enteramos de que el advenedizo Rodríguez Zapatero quería ingresar en nuestra cofradía de desocupados, nada menos que como inspector de nubes. Los miembros vivos de ese gremio nos llevamos las manos a la cabeza y nos mesamos cabellos y barbas mientras los fenecidos se sobresaltaban en sus tumbas, movidos por la ira de los justos, ante tamaña muestra de intrusismo. Porque este oficio goza de un rancio prestigio, derivado de la fama de los que lo practicaron. Y no hay más que citar aquí a Goethe, que alternaba sus fantasías prerrománticas con el estudio minucioso de las nubes; o a Azorín, quien, embobado por su continuo pasar sobre el paisaje castellano, las elevó a símbolo de lo efímero de la vida humana.
   La observación de las nubes se convirtió con el tiempo en el desiderátum de lo inalcanzable, y como el más elevado ideal al que se puede aspirar lo presentó Ramón Gómez de la Serna al decir que “el mejor destino que hay es el de supervisor de nubes, acostado en una hamaca mirando el cielo”; no yéndole a la zaga el ajetreado Manu Leguineche cuando, veterano de mil exploraciones y guerras, ya retirado y ocioso en la Alcarria, confesaba: “Quiero licenciarme en paisajes, ser inspector de nubes”.
   Así que algo tendrán las nublados cuando todos los desocupados los bendicen, no por sí mismos, sino por el beneficio que en el exhaustivo observador produce el darse cuenta de su entrada y salida en el escenario del cielo, el contemplar sus formas “siempre varias y siempre las mismas”, el ver las figuras caprichosas que adquieren, en una desocupación incompatible con cualquier otra faena. Por eso este noble ejercicio colmaría las aspiraciones de todos los desocupados, encantados y embobados que en el mundo han sido, porque libra de los afanes y trabajos de la tierra, al tiempo que permite vivir felices en ella.
   No digas luego, envidioso lector, que no te convido a emplear tu tiempo en este negocio que nos absorbe el seso y los sentidos. Te lo digo yo, que ahora mismo, por si quieres saberlo, estoy “acostado en mi hamaca mirando el cielo”, como lo estuvieron los que sabían que en las nubes está el secreto del ocioso y buen vivir, sin que a uno lo distraiga ningún otro afán ni desvelo.
MIS LABORES (IX)

Matar moscas con el rabo                                                                    

Hay una frase hecha que, desde niño, me llamó la atención; y tanto, que la recreaba en imágenes, como si fuera espectador privilegiado de lo que decía. Cuando oía que “el diablo, cuando no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo”, al tal me lo veía con su aspecto entre negro e incandescente, adornado de unos ojos chispeantes y de dos cuernos puntiagudos, cómo cogía con ambas manos su formidable y ondulante apéndice trasero e iba golpeando por las paredes, muebles y enseres de mi propia casa en persecución de moscas reales o imaginarias, como si de la imagen más doméstica y combativa de mi abuela se tratara.
   Y es que el diablo, como muchos de nosotros, gusta de entretenerse en faenas inútiles que son muestra de su inclinación oculta e inconfesable a la desocupación y la holganza. Lo que pasa es que el Dios bíblico e inmisericorde castigó su rebeldía despojándolo de la desocupación y la molicie de estar en la gloria –y nunca mejor dicho- para que peregrinara por el mundo dedicado a la engorrosa tarea de la tentación y perdición de los mortales. Pero en cuanto tiene un rato libre, vuelve a las andadas, a la acción meramente deportiva de la persecución y ajusticiamiento del mosquerío. Y para que su faena una a lo inútil lo ridículo, lo hace con el rabo, para asombro y jolgorio de grandes y pequeños, de propios y extraños.
   Pues bien, a imitación del a veces ocioso Lucifer, tú y yo, nosotros, amable y desocupado lector, también somos adictos a la misma faena; pero no a tiempo parcial, sino con dedicación plena porque, como no tenemos nunca nada que hacer, estamos siempre prestos a hacer lo que no nos está mandado, a interferir con nuestras ocurrencias el normal funcionamiento de las cosas y el orden de las casas: estar en medio como los jueves pisando el suelo nada más fregado, metiendo el dedo en la salsa recién hecha, poniendo los pies por alto en el lugar menos adecuado, empeñados en clavar púas y clavos sin ton ni son, en desarreglar lo que está arreglado, ocupados en remover cajas y cajones sin pretexto conocido…
   Y esta ocupación de diantre trajinante y algo majareta nos merece unas veces las reconvenciones y reprimendas de pequeños y mayores, que nos acusan de entorpecer y empeorar todo lo que tocamos; y otras,  la burla y la rechifla del personal que nos invalida como personas sensatas, aplicadas y productivas. Pero una cosa te tengo que decir: que ahí nos las den todas, mientras nosotros, como el diablo, le damos inútil y caprichosamente al rabo, en la ocupación de no hacer nada, que es la que más nos gusta y ocupa.