sábado, 24 de diciembre de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (VI): Disfrutar más que un chino en un melonar

Ya de entrada, les diré que este malhadado dicho habría que desterrarlo de los diccionarios -si acaso estuviese en ellos-, de los palabreros indígenas, de nuestro buen hablar y, en general, de la faz de la tierra -igual que quiso hacer don Quijote con aquellos gigantes malsines que lo perseguían-, por equívoco, ofensivo y dañino para el ganado y también para el género humano.
   Porque a ver de qué chinos hablamos. Si se trata de los chinos de la propia China, aviados estaríamos si, además de tenerlos poblando las tiendas de todo a cien, de baratijas y quincalla, de ropa de quita y tira,  extendidos por restaurantes y tabernas de barrio, dueños de polígonos industriales y de chiringuitos financieros de dudosa transparencia, los viéramos también desparramados por nuestras huertas y bancales, triscando felices en nuestros melonares.
   Si hablamos de los otros, de los nuestros, de los comperdón chinos de la marranera, tendríamos que haber introducido como muestra de higiene y de respeto un “hablando conmigo solo” o un “hablando cortamente” a la hora de mentar el nombre de los de la vista baja que, sin perdón, así se llaman.
    Suponiendo que se tratara de estos últimos, resultaría un atraso alimentar a la cerdosa grey de una manera tan rudimentaria; y un desastre económico, porque destrozarían la cosecha de las cucurbitáceas; a todo esto, sin aclarar si se trata de melones de año o de melones de agua, ahora llamados estos últimos, inexplicablemente, sandías. Y no olviden que esto iría en contra de la ley de bienestar animal, de igualdad y de respeto a las minorías, porque ¿a quién se le ocurre sacar el chino, con perdón de los presentes, de sus cebaderos dotados de aire acondicionado, alimentación y limpieza automáticas y música de Mahler o de Bach, para que le piquen las moscas o sufra un golpe de calor? Item más, sin que hasta ahora ningún cerdo haya presumido de disfrutar como un tal en los melonares, que esto son más bien infundios de sus dueños.
   Parece que estamos locos. Y es que cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. O saca los comperdón chinos al melonar. Que viene a ser lo mismo; o algo parecido. 
LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (V): Brazo de gitano                                      

Por darles alguna noticia de mi humilde persona, les diré que una de mis muchas desocupaciones y vagancias consiste en vivaquear en los supermercados, donde zascandileo buena parte del día entretenido en descubrir los inacabables misterios y sorpresas del pulcro y geométrico laberinto de sus estantes, epítome del gozoso universo del consumo: secciones que de la noche a la mañana emigran enteras a los antípodas de donde estaban, productos de renombre que son devorados por la imparable marabunta de las marcas blancas, novedades en el ramo de la charcutería o de los encurtidos, y otros mil hallazgos de feliz recordación.
   Pero ninguna aventura tan sorprendente como la del suceso que me acaeció hace un tiempo en los expositores refrigerados de confitería del Mercadona. Ojeando las tartas, bizcochos, piononos y otras galguerías industriales que allí se exhiben, me saltó a la vista una situación increíble: en el fondo del expositor yacían los despojos de lo que fueron brazos de gitano, cruelmente amputados de su complemento nominal.
   Y entonces me puse a imaginar el llanto desconsolado del monje berciano de la Edad Media que, en su azarosa peregrinación por el mundo, descubrió y adoptó el que llamó brazo egipciano, luego bautizado por otros como brazo de gitano; y me pregunto yo qué pensarán ahora los de esta raza ante la expropiación nominal del moreno y entreverado rollo. Y rumío muy entre mí que daría un brazo, una pierna o cualquier otro miembro de mi corporal anatomía para que la propiedad de tan sabroso manjar fuera conocida con mi nombre, el de mi gente o el de mi país, como nos ocurre con la tortilla española. Y sueño cómo disfrutaría viendo los carteles, rótulos y etiquetas con el dicho nombre que me harían famoso en confiterías, supermercados y en casas particulares.
   Así que, por todo esto y más, habría que restituir al brazo el nombre de que hasta ahora había sido su dueño, siempre que no se considere un atentado contra los principios de la igualdad, el respeto a las minorías y la ley de transparencia. Porque esto no puede quedar así; y llamarlo brazo de payo podría considerarse  abuso de posición dominante y apropiación indebida. Que hay gente para todo.
LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (IV): Trabajar como un negro                       

“Ser un estajanovista” o “trabajar como un negro” son expresiones que no parece que vayan en desdoro de aquel Stajanov que multiplicaba día a día el rendimiento de su cuadrilla de mineros, por lo que fue convertido en modelo del sistema de producción socialista, ni supongan un menosprecio a la memoria de aquellos de raza negra que un día fueron esclavos.
   Pero en torno a este trabajar como un negro, o ser negro de alguien, se acumulan prejuicios de siglos, con el intento de abominar del término negro, como si muerto tal nombre se acabaran las desgracias de los así llamados, de manera que ya el padrastro de Lazarillo de Tormes, de un color negro que asustaba a su propio hijo, era conocido como moreno, calificativo que Quevedo tachó de hipócrita.
   Se iniciaba así un largo camino de ocultación de la caracterización por el color, mediante la sustitución del término prohibido por sucedáneos referidos al origen geográfico, como afroamericano o subsahariano. Tomando como referencia la campaña de los “afrodescendientes” uruguayos para eliminar del DRAE la expresión “trabajar como un  negro”, cabría preguntarse, si ellos ya no se reconocen como negros, a qué viene la indignación ante tal comparación expresiva. O tal vez quieran que se manipule el dicho afirmando que alguien trabaja como un afroamericano, subsahariano o afrodescendiente como ellos.
   Tampoco parece buena idea sustituir al negro por miembros de otra raza, porque trabajar como un amarillo soliviantaría a buena parte del continente asiático, hacerlo como un indio pondría en pie a las reservas de los tales y laborar como un blanco sería absurdo por redundante.
   También podríamos ir más allá diciendo que alguien trabaja como un Adán, basándonos en la maldición bíblica que condenó al primer hombre a ganarse el pan con el sudor de su frente; pero igual nos ganaríamos la enemiga de todo el género humano, descendiente de aquel desgraciado.

viernes, 9 de septiembre de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (III): Olivica comía, huesecico al suelo     

El marqués de Villena escribió un tratado sobre la utilización del cuchillo, titulado Arte cisoria, con la intención ilustrada y pedagógica del renacentista de contribuir a refinar las costumbres del buen cortesano, un tanto dejadas durante la Edad Media. Imaginen que este refinado gourmet del siglo XV hubiera escrito un tratado sobre el arte de comer olivas -ahora llamadas por casi todos aceitunas-, y admitan ya de entrada que no hubiera dado por buena la forma del dicho popular que comentamos, aunque su intención lo sea. ¡Cómo se va a propugnar que toda tarea se debe hacer con método y orden, por sus pasos contados, si se proclama con la imagen del malhacer y la desidia de tirar por el suelo los huesos de las olivas que comemos!
   Además de darnos cuenta de que el hecho es un atropello a las formas y a los buenos modales, deberíamos pensar en el riesgo de accidente que supone sembrar el suelo con los corazones duros de tal fruto, que actuarían como rodamientos sobre los que se deslizaría quien los pisara.
   Pero nuestras críticas no van por ahí, sino que tienen una sólida intención cultural. Sabido es que en  ferias y fiestas patronales y, sobre todo, en los festejos de verano, proliferan manifestaciones deportivo-culturales de gran arraigo en la tradición castiza del país. Me refiero a los concursos de habilidades: de rebuznos, de lanzamiento de azada o de legón y, sobre todo, de arrojar con la boca huesos de oliva, de dátil o de otros frutos, a la mayor distancia posible.
   A propósito de estos últimos, qué duda cabe que, durante las comidas, los huesos de oliva, lejos de tirarlos al suelo sin más, podrían ser lanzados, de un fuerte bufido por encima de la mesa, y de los asombrados comensales, y del aparador, hasta las profundidades del pasillo, como entrenamiento que vaya registrando nuestros progresos. Y ya puestos, podríamos colgar una bolsa en la pared de enfrente, en la que intentaríamos “encestar” nuestros dardos aceituneros que, bien guardados, luego nos servirían de munición para el evento. 
  Establecido así el interés cultural del lanzamiento de huesos de oliva, no quedaría más que reformar la desafortunada frase para que diera cuenta fidedigna de la modernización y saneamiento del hecho: “Olivica comía, hueso al vuelo”. O “al cesto”, según convenga.

jueves, 8 de septiembre de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (II): Tocarse la ****                                              

Esta expresión un tanto bronca y desapacible, surgida de las entrañas de la parla murciana, lejos de las torcidas interpretaciones de los malpensados, en muy pocos casos alude a lo que ellos malpiensan. De estas excepciones apenas hablaré por tratarse de acciones condenadas por obscenas por la Santa Madre Iglesia; aunque hay tratadistas, como Carmen de Triana, que dicen que tocarse la tal cosa “es muy sano”, a una o a dos manos. 
   Yo, comedido en mis juicios y ajeno a las polémicas, glosaré la utilización casi exclusiva de la dicha manifestación del toqueteo de la corporal anatomía en dos casos concretos. En uno, como arma arrojadiza contra los juicios y acciones de las demás, mandándoles en forma imperativa que se callen o, más bien, que se ocupen de sus asuntos. En otro, como recurso descriptivo que nos pinta a la destinataria dedicada al dolce far niente, a una desocupación que no es oficio ni da beneficio, como a aquellos otros y otras de quienes decimos que se están rascando la barriga o tocando la frente, las narices e incluso alguna de sus comperdón partes; toqueteo que es imagen viva de su entrega a tareas de ninguna utilidad. 
   Pero no descalificaré esta expresión por razones morales ni por atentatoria a la igualdad de género, ya que existen otras de igual o mayor rudeza dedicadas también a los hombres, o al género humano sin excepción, que se utilizan con especial descaro y profusión. Mi propuesta es abandonarla por razones exclusivamente filológicas, dado que el sustantivo seta ha sufrido un proceso de marginación y de olvido, que lo lleva inevitablemente a la desaparición. Vayan ustedes a la taberna de confianza y pidan el acostumbrado revuelto de setas y verán la cara de sorpresa del camarero. Y vean uno de los innumerables programas televisivos de cocina y escuchen cómo el cocinero, chef, masterchef o aprendiz de pinche nunca dirá la proscrita palabra. Unos y otros hablarán exclusivamente de revueltos, salsas y otros mil platos de boletus; pero no de setas. 
   Obligados a sustituir seta por boletus, comprueben cómo nuestra frase quedará tan redicha e incomprensible que solo provocará la risa. Por eso, lejos de proponer su reforma, abogamos por su olvido, que ya ncontraqremos otra que diga bien lo que queremos decir. Y si no, a tocarse el boletus.
LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (I): Moros en la costa                                            

Los que estuvimos en la guerra de Yugurta, según cuenta Salustio Crispo, tuvimos noticia fidedigna del reino de Mauretania, poblado de los mauretanos, llamados familiarmente mauros. Conocimos sus escaramuzas y alianzas con el Imperio, y luego supimos de su confusión con otros pueblos venidos de Oriente.
   Las leyendas y las crónicas cuentan que, llamados ya moros, con la ayuda del conde don Julián o sin ella, los mauretanos atravesaron el estrecho y, tras las batalla de Guadalete, se pasearon por España a pie o a caballo durante ocho siglos. Ahí los tenéis en Calatañazor, ante las huestes del Cid o en las Navas de Tolosa, dando motivos a los cristianos para la inacabable “guerra contra moros” que conocemos como Reconquista. De ahí seguramente surgió la idea, enemiga de la integración y la multiculturalidad, que, en una y otra parte, proclamaba que “Todos moros o todos cristianos”.
   Pasados los siglos, desarmado Boabdil y cautivo el ejército mahometano, siguieron llegando incursiones de la Mauretania que, detectadas desde torres vigía y almenaras, se convertían en una noticia alarmante resumida en el grito de defensa “¡Hay moros en la costa!”. El aviso permaneció en la memoria popular hasta hoy, destinado ahora a advertir de la presencia de testigos inoportunos o peligrosos para nuestros intereses.
   Sin embargo, la maurofilia, que desde el romancero fue creando la imagen del moro modelo de valentía, lealtad y galanura, unida al moderno concepto de igualdad y no discriminación por razón de raza o de religión y al creciente apostolado por la multiculturalidad han producido el milagro de que, aunque uno crea todo lo contrario, ya no haya moros en la costa. Lo que hay son magrebíes, a los que vemos no sólo en la costa del campo de Cartagena, Mazarrón o Ramonete sino que, venidos en patera a través del estrecho, como lo hicieron los también magrebíes Tarik y Muza, han ocupado además el interior. Así que si ustedes dicen que hay magrebíes en la costa no faltarán ni un punto a la verdad, al tiempo que adecuarán su lenguaje a lo políticamente correcto. Aunque, ¿de qué nos sirve la frase reformada si ya no es un aviso sobre la presencia de fisgones y gente de poco fiar?

martes, 2 de agosto de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XXVI): Crear nichos de empleo                                       

Señoras y señoros: Por si no lo saben, les diré que tengo un primo en el paro, información nada relevante habida cuenta de que comparte esta situación con otros cinco millones. Pero les confesaré que lo más preocupante no es el desempleo, sino que este parado mío es enemigo declarado del trabajo: sepan que desde la más tierna infancia consideraba tarea excesiva ir a la escuela o hacer cualquier mandado. Algunos pensaban que se trataba de un trastorno mental, una especie de fobia al trabajo, aunque el abuelo ya entonces dictaminó que el zagal era más gandul que un trillo y que por eso no le gustaba amagar el lomo.
   Sin embargo, pasados muchos años, aunque fuera por equivocación, tuvo un empleo, que las malas lenguas atribuyen a una estrategia sibilina que no tenía como fin trabajar, sino beneficiarse de la posterior prestación por desempleo. Así, en este dolce far niente del subsidio vivió algunos años, hasta agotar la ayuda de 426 euros y quedarse sin nada, viviendo a la sopa boba.
   A tanto ha llegado su gusto por la desocupación, que ahora afirma que no busca trabajo porque, si lo encuentra, perderá su antigüedad como desempleado, con los perjuicios que eso conlleva. Y así está, mano sobre mano, paseando de un lado para otro, mientras censura a los que encuentra trabajando la inutilidad de su esfuerzo, cuando se puede vivir sin hacerlo.
   Pero como todo puede ir a peor, o a mejor, según mi primo, resulta que viene oyendo que doña Fátima Báñez y otros arbitristas de la salida de la crisis se afanan en crear nichos de empleo, y desde entonces lo veo más ufano, más creído de la verdad de sus razones, pues ya no se trata de soportar ocupaciones fatigosas o trabajos basura, sino de algo mucho peor. Los citados nichos laborales le confirman algo que él ya sospechaba: que el trabajo es un “mataero” y una muerte, y los que nos ofrecen empleo no son más que nuestros taimados enterradores.
   Pensándolo bien, no le falta razón, porque los gurús de la política no paran de inventar términos que encubran la verdad de sus mentiras, sin darse cuenta de que, como en este caso, sus retorcimientos expresivos no arreglan, sino que empeoran las cosas. O al menos eso dice mi primo.
LA FERIA DEL MUNDO.


Dimes y diretes (XXV): Bajar los brazos                                                   

Oigo que el gobierno de Rajoy ha bajado los brazos ante la cuestión catalana y me imagino una instantánea de todo el ejecutivo durante una clase de Gimnasia –ahora llamada Educación Física-, justo en el momento de calentar subiendo y bajando los brazos. Y me cuentan que también la Unión Europea ha bajado dichas extremidades superiores en el conflicto de Ucrania, y entonces me resulta más difícil imaginarme al pedazo de continente personificado que, en calzón corto, se ejercita en estos menesteres atléticos.
   Pero es que en medio de esta confusión me llega el vocerío de la retransmisión deportiva de turno que dictamina con pesimismo que el equipo de casa, tras el segundo gol, ha bajado irremisiblemente los brazos, y me pongo a pensar si es que se juega peor al fútbol así; e incluso malpienso si hasta ese momento han competido con los brazos en alto, como si fueran víctimas de un atraco, en cuyo caso dudo que pudieran ir ganando.
   “O tempora, o mores!”, dijo Cicerón, y de ahí algunos que no entendían mucho de latín interpretarían libremente que no había que confundir el culo con las témporas. Que es lo que les debe pasar a los que confunden el pensamiento con la acción, la voluntad con los miembros que la ejecutan. Entonces es cuando, en un selfi imaginario, me tomo una imagen de mí mismo para comprobar dónde y cómo tengo los brazos: si en la cabeza, sobre la mesa o colgando junto a los ídem del sillón. Y me da por pensar que si bajar los brazos es abandonar una idea o un empeño, desistir de lo que estábamos haciendo y, en definitiva, no hacer nada, está claro que no podré ponerme los calcetines ni calzarme los zapatos, ni rascarme la pantorrilla o la entrepierna, ni, por extensión, coger flores, plantar cebollino, recoger la caca del perro, y un larguísimo etcétera.
   Y entonces me invade una sensación de parálisis e inutilidad que me lleva a ponerme las manos sobre la cabeza por si acaso todo esto que pienso fuera verdad. Y para que se sepa que yo no tiro la toalla, ni mucho menos bajo los brazos.

miércoles, 6 de julio de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XXIV): Intercambio de cromos                                           

El emérito profesor y novelista Hidalgo Bayal llama, con un neologismo certero, “léxico pactoril” al relacionado con los cambalaches y trapicheos poselectorales, denominación inclusiva de algunos de los términos que aquí glosamos nosotros –trazar líneas rojas, marear la perdiz, poner palos en las ruedas, vender humo…-. Pero él añade uno que no tiene desperdicio como manifestación del juego en el que a veces se sorprenden los miembros de la casta política, siempre propensos a ver la informalidad ajena y no la ambición y la falta de principios propias.
   Acérquense  y vean a estos personajes que, en torno a una mesa, concentrados y cejijuntos, sacan papeles, los consultan y se los pasan a los que están sentados enfrente, en tanto que aquellos, tras estudiar esos y añadir otros, se los devuelven a los primeros en un toma y daca muy vistoso y entretenido. Si los despechados competidores que no han sido invitados fisgaran por el ojo de la cerradura o recibieran el chivatazo de lo que allí ocurre, dictaminarían inequívocamente que se trata de un juego muy propio del gusto de todos; pero solo confesable si se dice de los otros. Están, sin duda, en el intercambio de cromos: sillones, cargos, prebendas, liberados, asesores, delegaciones, como unidades de una baraja interminable de sinecuras. Pero entre ellos no encontraremos casi ninguno referido al cumplimiento de las promesas electorales, a la resolución de los problemas de los ciudadanos, a la lucha contra los abusos y las malas prácticas.
   Mientras, nosotros, los que estamos ajenos a tal juego, deberíamos pensar que estos representantes nuestros son como niños: como si el tiempo no hubiera pasado y los viéramos en pantalón corto, sentados en corro a la fresca sombra de la placeta, entregados al trueque con el precioso tesoro de unas estampas que compendiaban lo que entonces se podía saber sobre fauna, aeroplanos o estrellas del fútbol.
   Pero no se engañen: mejor sería estar prevenidos por si los envites de tal juego se hacen a costa de nuestros dineros. Y entre tanto, paciencia y barajar, amigo Sancho, que “pactores” tiene la Iglesia, como advierte el novelista extremeño.
LA FERIA DEL MUNDO.
Dimes y diretes (XXIII): Pena de telediario                                                    

Los débiles y los mansos, los cortos y encogidos, nunca alcanzaremos el éxito ni la notoriedad, ni para bien ni para mal. Aunque digan que hay igualdad de oportunidades, nunca llegaremos a ser empresarios de postín, presidentes de Cajas de ahorros, consejeros de grandes corporaciones, mandamases de la clase política ni estrellas de la prensa del corazón. Pero como no hay mal que por bien no venga, tampoco es probable que no deslicemos por la pendiente de la estafa, la prevaricación, el cohecho, la malversación u otras formas de corrupción que ahora tanto se llevan. De ahí que sea harto difícil que formemos parte de  las gruesas listas de  interrogados, investigados o imputados por la justicia, o como ahora quieran ellos llamarse. Ni muchos menos que recaigan sobre nosotros penas de reclusión mayor ni menor, inhabilitaciones y otras condenas ahora tan de moda. Y en todo caso, nuestros avatares no serán materia de grandes alardes informativos.
   Pero, pese a que a alguien le parezca una perversión, lo que más nos duele es que nunca podremos sufrir la mediática pena de telediario, como las infantas, blesas, ratos, crespos, pantojas y demás fauna del poder y de la fama. Y no entendemos de qué se quejan ellos, si es casi seguro que con este minuto de castigo, que los retrata saliendo esposados de su casa, empujados dentro de un coche policial o haciendo el paseíllo ante la sede judicial o la cárcel, a casi todos les será suficiente para redimir sus conductas abominables.
   Por eso, aunque no podamos estar en su lugar, como espectadores nos consuela que en un breve instante quedemos enterados de la catadura de tales personajes, sin necesidad de que pasen años y se escriban miles de folios sobre sus casos y sus causas. Porque les diré que esta instantánea televisiva es de más impacto que la visión de las largas películas y series que podrían rodarse sobre sus hazañas, juicios  e improbable vida carcelaria, como ocurrió con el Lute, los gánsteres de Chicago y los lobos de Wall Street.
   Y en cuanto a la justicia de tal pena televisiva, bueno es saber que menos es nada. Por eso, el que no se consuela es porque no puede.

jueves, 2 de junio de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XXII): Abrir el melón                                                           

Créanme que durante siglos no hubo arcano más recogido y secreto que el interior de un melón. Se podía hacer cábalas sobre la pulpa que lo rellena, los zahoríes meloneros solían sondear sus entrañas con unos breves toques con los nudillos o apretándolo con los dedos, e incluso los más modernos recurrían a alguna aplicación informática que daba ciertos pelos y señales sobre su madurez. Pero nadie podía evitar la incertidumbre de tales catas a ciegas. Por eso, ahí lo teníamos sobre la mesa, la del comedor o la plegable instalada sobre la arena playera, emergiendo entre los despojos de la opípara merendola, como un verde o dorado tótem, como un luminoso huevo de Fabergé, como un objeto volador no identificado al que todos miraban entre el arrobo y el temor, dudando si de allí surgiría el maná que daría final feliz al banquete o lo arruinaría definitivamente dejándolo incompleto. En todo caso, abrir el melón sería la prueba definitiva que confirmaría inequívocamente los buenos indicios o los fundados temores sobre la materia.
   Pero todos estas incertidumbres y temores ancestrales no ha mucho tiempo quedaron despejados. Ahí está en el estante del supermercado, abierto en dos mitades y velado con una delgada película de plástico que deja traslucir un color dorado que nos inunda la vista y el aspecto mullido y esponjoso de su pulpa que ya nos está endulzando el gusto.
  Sin embargo, como la dicha nunca es completa, resulta que entre la inmensa variedad de melones – canario, piel de sapo, galia…- hay uno que no está en el súper, del que todo el mundo habla y nadie se atreve a abrirlo, como si se tratase del mecanismo de relojería de un peligroso artefacto. Por eso, ahí tenemos a los artificieros de la casta política y a los incendiarios descastados manoseando el dicho melón, lanzándoselo unos a otros y amenazando con abrirlo.
   Sepan ustedes que se trata nada menos que del melón de la Constitución –nótese aquí la sonora rima-, del que muchos hablan y muchos otros oyen hablar, sin que nadie se atreva a abrirlo, aunque todos adviertan de la necesidad de manipular su contenido. Así que en estas estamos: con la casa sin barrer y el melón sin abrir.
LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XXI): Postureo                                                                       

Vean la imagen congelada del personaje en una pose que lo acerca al escorzo de las estatuas estereotipadas del helenismo. Acaba de disparar a gol y se queda inmóvil en una postura inestable e inverosímil: los brazos extendidos en cruz con las palmas de las manos hacia abajo, el cuerpo un tanto girado balanceándose levemente y una pierna cruzada sobre la otra, como si fuera a iniciar un imposible paso de baile, a la espera del éxito de su acción y, sobre todo, de la admiración de los espectadores. Los habladores comunes calificábamos la pose y a su poseedor de posturitas, por el afán de llamar la atención aunque fuera con figuras amaneradas y ridículas, tratárase del jugador famoso o de nuestro compañero de pachanga futbolera.
   Habrán de pasar muchos años para que esta capacidad de adoptar poses poco naturales, previamente estudiadas para dar una visión forzada y llamativa, viniera a llamarse postureo. Y ahí tenemos ya a muchos practicando el postureo en las redes sociales, retratándose en actitudes impostadas, presentando una imagen que no se corresponde con su realidad, exhibiéndose en actividades cuyo fin se agota en llamar la atención. Así que el vivir de cara a la galería, el gusto por aparentar y, en definitiva, el hacer el fantasma, que así se le llamó a esto toda la vida, ahora es posturear; y su efecto llámase postureo.
   Para redondear la imagen de esta vieja pero renovada pose del postureo, solo faltaba la incorporación del vocablo a la retórica política, con la intención consabida de utilizarlo como arma arrojadiza: el fantasma, el exhibicionista, el falsario que adopta posturas fingidas y engañosas es el otro. Todo mandamás que se precie criticará el postureo del de enfrente: sus declaraciones engañosas, sus actitudes hipócritas, su juego de farol que esconde propósitos inconfesables, sus afanes de distraer y confundir al pueblo confiado. Y si estamos en periodo electoral o en fase de negociaciones y pactos, el postureo será moneda de cambio común con que echar en cara al otro sus pamemas y engaños, no muy distintos de los propios.
Y mientras, muchos de nosotros, enredados por el busilis de jerga tan incomprensible, encantados de oír el sonsonete del neologismo tan bien puesto.
LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XX): Hoja de ruta                                                                  

Decía el viejo poeta que no hay camino, sino que se hace camino al andar. Pues bien, en estos tiempos modernos el camino, e incluso el andar, es lo de menos, porque lo que importa es tener una hoja de ruta aunque no vayamos a ninguna parte. Si en otros tiempos el más tonto hacía relojes, ahora cualquiera, dotado de más o menos luces, dedica parte de su tiempo a hacerse hojas de ruta, no para viajar, sino para detallar cualquier actividad, por nimia que sea; documento que resulta especialmente necesario para todos aquellos que se las dan de importantes en la vida social, económica y política.
   Así que los que nos tomamos los dichos al pie de la letra podemos ver a estos diseñadores de hojas de ruta -como si se tratara de antiguos navegantes, exploradores y aventureros- entretenidos las noches y los días en desplegar enormes planos donde con reglas, compases y tiralíneas van trazando una imaginaria hoja de ruta que no tiene otro fin que el situar en ella los múltiples proyectos y promesas con cuya nada encandilarán a propios y a extraños, al tiempo que descalifican a los adversarios por no disponer de una tan creíble como la suya.
   Visto el ejemplo, los que no somos ministros, diputados, alcaldes, concejales o presidentes de consejo de administración, ni siquiera candidatos a serlo, sino trabajadores del metal, jornaleros, limpiadoras, parados y demás ejemplares de la fauna de a pie, nos explicamos el porqué de nuestras vidas anodinas y fracasadas: no disponemos de una hoja de ruta que establezca los tornillos que vamos a apretar hoy, las tierras que vamos a cavar, las casas que limpiaremos o las calles que pasearemos para entretener nuestro nada que hacer.
   Finalmente, nos preguntamos si será imprescindible la hoja de ruta para ir a comprar el periódico, a evacuar al excusado o a beber agua del botijo. Que es mejor tenerlo todo previsto y anotado en la hoja de ruta, para luego contarlo y hacer alarde de ello. Entonces es cuando echamos mano al bolsillo para buscar la nota de las compras en el supermercado, a la que de aquí en adelante llamaremos hoja de ruta. Y así nos quedamos más tranquilos.

viernes, 6 de mayo de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XIX): Dar un golpe en la mesa                                             

Quizá no haya mueble de más polifacética utilidad que la mesa, porque además de alimentarnos, también es mesa de trabajo, de negociación, de noche, de camilla, del altar y de juegos; sin olvidar la del televisor, la redonda y la petitoria.
   Pero no deja de asombrarme un nuevo uso del mueble tan familiar. Un día, estando amodorrado, apoyada la cabeza en el dicho mueble, aporreado por el jolgorio y la berrea del programa deportivo de turno, en el que más de una docena de janglones aullaban narrando el partido Ponferradina-Mirandés como si estuvieran radiando el fin del mundo, desperté sobresaltado al oír que el equipo berciano había dado un puñetazo sobre la mesa para cambiar el rumbo del encuentro. “Dios mío -me dije-, ¿sobre qué mesa?, ¿no será esta mía?” Y no dejaba de preguntarme si habrían suspendido el partido para hacer tal alarde.
  Más tarde, el aparato vocea un nuevo golpe sobre el mueble, ahora propinado por el interior izquierdo al marcar el tercer gol. Y finalmente, en sesudas declaraciones, el entrenador local atribuye la victoria a que habían dado en el momento justo un golpe sobre la mesa. Entonces me desperezo y doy, yo también, un golpe sobre la tal, que yo no voy a ser menos.
   Con el tiempo, iré descubriendo que el tal puñetazo no es solo desahogo de tahúres en la mesa de juego ni muestra de autoridad del padre enfadado con su prole a la hora de comer, sino ocupación frecuente, si no principal, de futbolistas y otras estrellas del deporte; pero también de Charlène de Mónaco, del presidente del Banco de España y de más de un político deseoso de cambiar el rumbo de su partido, aunque sea a porrazos.
   Pero como uno es tan poco imaginativo, no deja de preguntarse si estos locos confunden el culo con las témporas, el campo de juego con una mesa; y de suponer que equipos, deportistas, entidades y personajes de postín llevan a todos lados la mesa de marras para poder ejercer sobre ella su libertad de expresión. Y acabo por pensar que, aunque la Sagrada Biblia asevera que el número de tontos es infinito, desde entonces hasta aquí no ha dejado de crecer, aunque solo sea para aporrear la mesa.
LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XVIII): Excusas de mal pagador                              

Ahí los tienen manejando con soltura sus bastones y tocados con airosos sombreros de copa. El uno, de figura estilizada y elegante, vestido de frac de color y pañuelo blanco; y el otro, un tanto regordete, con su redingote o casaca corta, camisa blanca y corbata roja. Pues sepan que el primero es el periodista Mariano José de Larra y el otro un ciudadano francés llamado monsieur Sans-délai.
   Resulta que tras acudir días y días a las oficinas de la administración para resolver ciertos asuntos del gabacho, no han obtenido más que un rotundo “Vuelva usted mañana”, porque el oficial de la mesa estaba echando un cigarrito al brasero o paseando plácidamente por el Retiro. Pero hoy, nada más sentarse en la tribuna de invitados del Congreso de los Diputados, piensan que tendrán más suerte porque precisamente se debate una ley referente al negocio del visitante francés.
   Pero oigan cómo el orador, desde el estrado, reprocha a su adversario, sin más razones, que lo dicho por él son excusas de mal pagador. Y si hubieran acudido al pleno de un ayuntamiento, podrían haber oído a cualquier concejal de la oposición tachar de excusas de mal pagador a los argumentos del alcalde, y a este devolviéndole el mismo reproche al otro. Y así, también, en asambleas regionales, en diputaciones, y en consorcios, y en  grandes empresas, y en juntas de vecinos o de la asociación de padres del colegio de barrio.
   Así que Monsieur Sans-delai, cada vez más confuso, podría pensar que más que acordar y resolver asuntos de interés, se trata de disputas de ventajistas y tahúres en un garito de juego. Como si los diputados, senadores, alcaldes, consejeros y toda clase de junteros, estuvieran apostando y contando dineros, ajustándose las cuentas, echándose en cara los embustes, retrasos e impagos en asuntos que, más que orientados al bien público, tuvieran que ver con trampas y fullerías. Eso sí, con dineros que no son los suyos. Y así todos contentos, poniendo siempre la excusa y la mentira en boca ajena y nunca en la propia. Menos Larra y el señor Sans-délai, inconformistas e indignados. O yo, o tú, o él.
LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XVII): Tapar agujeros                                                 

Sepan cuantos este escrito vieren que, pese a opiniones en contrario, sigue habiendo clases, según una vieja imagen que nos presenta a unos arriba y a otros abajo. Mientras los de arriba, sean políticos, empresarios, aristócratas o ricos de nacencia se dedican a artes nobles como atar los perros con longaniza, vender humo, poner negro sobre blanco o hacérselo mirar, para los de baja y servil condición quedan los oficios penosos y mal retribuidos.
   Pero sobre todo en estos tiempos de crisis, reformas laborales, eres y despidos a granel, ajustes y recortes, trabajos basura, pobreza energética y de la otra, la aspiración de los parias de la tierra no se cifra en vivir en palacios, amasar fortunas, hacerse de autos deslumbrantes o ser agraciados en el amor para alcanzar el nivel de los ricos, sino en tapar agujeros.
   Sin embargo, es en vísperas de la Navidad –y sobre todo el día 22 de diciembre por la mañana- cuando menestrales, tenderos de ultramarinos, barrenderos, trabajadores de medio pelo, abuelos, emprendedores y maestros de escuela sueñan con que un sustancioso premio les traerá una nueva ocupación que les hará felices: tapar agujeros. Y los pocos afortunados lo confiesan a su familia, lo gritan en la calle, lo vomitan en declaraciones a radios y televisiones locales y nacionales y hacen correr ríos de cava que mojan y churretean rostros y ropajes de amigos, conocidos y curiosos, que se emboban y babean ante tamaño proyecto de futuro.
   Finalmente, los agraciados con el premio y el consiguiente nuevo oficio, alborozados, se van a casa y allí nos los imaginamos, provistos de toda clase de herramientas y materiales, tapando y destapando agujeros, en un perpetuo tejer y destejer, como el de los personajes del Lazarillo de Tormes alrededor del arca que los malalimentaba.
   En definitiva, los vemos convertidos en prometeos encadenados a un designio eterno que, como si fueran las increíbles hazañas del héroe mitológico, todo el mundo admira y desea, mientras los de arriba disfrutan viendo cómo todos andan entretenidos, unos tapando agujeros y los otros soñando que podrán hacerlo también el año que viene, en una eterna rueda de ilusiones que los mantiene felices mientras se empobrecen adquiriendo décimos o plazos del futuro e improbable oficio.
LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XVI): Por un tubo                                                       

Aunque descendientes de aquellos Adán y Eva a quienes Dios condenó al trabajo, la enfermedad y la muerte, la vida de muchos hasta hace poco tiempo se atenía a un mediano pasar, situados en el justo medio en que uno no es ni rico ni pobre, ni es demasiado afortunado ni pena en exceso, ni se muere por cambiar de estado. Pero, de la noche a la mañana, en los últimos años del pasado siglo, esta aurea mediocritas dio paso a verlo, a vivirlo y a decirlo todo con excesos y demasías. La hipérbole por un tubo daba cuenta de la masa indiferenciada e incontable de todo tipo de materiales, bienes y fortunas; aunque también podía acumular pérdidas y desgracias.
    Lo mucho siempre nos llegaba y se medía por un tubo: podíamos certificar que tal o cual persona era rica por un tubo, que nuestra hija tenía la gracia por un tubo, o que la abuela acumulaba la mala leche también por un tubo. Y así hasta el infinito: por un tubo nos llegaban las fiebres y enfermedades, por un tubo se ponderaban las saberes de cualquier ciencia o profesión y por un tubo comíamos, bebíamos y deponíamos, sin que nadie fuera capaz de explicar el origen de expresión tan tosca y poco precisa.
   Unos decían que provenía de los tubos que suministraban las cervezas y otras bebidas frías al dictador dominicano Leónidas Trujillo desde su casa, situada al borde de un acantilado, hasta la piscina de agua de mar construida al pie de la playa; otros la consideraban como una traslación del invento decimonónico de los tubos neumáticos con los que se pretendía crear un correo rápido y seguro que llevara cartas y paquetes a los ocupantes de un bloque de pisos o de un edificio de oficinas.
   Lo cierto es que todo el mundo hablaba por un tubo de las muchas cosas buenas y malas que acaecían, y nadie quedaba indiferente ante la proliferación y demasía de tales sucesos. Aunque hay que decir, eso sí, que a algunos nos parecía que los que lo decían tenían la falta de ingenio y la poca gracia por un tubo, si es que se me permite decirlo así.

viernes, 8 de abril de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XV): Que te cagas                                                      

Goya retrató a la marquesa de Pontejos, una luminosa mañana de primavera, con un vistoso traje de tonos azules agrisados, adornado con faja, cintas y rosas y una sobrefalda de gasa. Todo ello rematado con la aureola de un sombrero redondo y con unos elevados chapines.
  Pero lo importante es el perrillo faldero que la precede. Si le preguntáramos a la dama, diría que ha salido a pasear al can; pero ella sabe que lo ha sacado a hacer pis, o pipí, e incluso popó; y ella y nosotros lo damos por sabido, sin necesidad de mentar los nombres verdaderos o endulzados de tan excusadas operaciones. Algún castizo de entonces podía pensar que lo llevaba a mear y a cagar; pero sólo gañanes, carreteros y gentes de parecida condición se atreverían a decir esto del perro, e incluso de la propia marquesa; y aún más, a afirmar que “en este mundo traidor nadie de cagar se escapa: caga el pobre, caga el rico, caga el obispo y el papa”.
   Pues bien, la marquesa y otros tantos bienhablados, como usted y como yo, seguramente se escandalizarían al saber que los habladores silvestres inventaron la expresión “Que se caga la perra” –o en su defecto, “Cágate, lorito”- con la que ponderar el exceso y la demasía, para lo bueno y para lo malo, de lo conocido o mentado. Pero luego los habladores alternativos de las tribus urbanas se olvidaron de la perra, dejando el dicho en un escueto y brutal “que te cagas” (tú, yo, él, todos).
   Y desde entonces, a los jóvenes informales, a los hijos de buena familia, a las señoras bien, al caballero fino y atildado, les pareció bien aplicar tan delicada expresión a una comida, a un regalo, a una bronca, a un hombre o mujer feos o de buen ver. Por eso ahora salpimentan, una y mil veces, la nada de su cháchara insustancial con un inapelable “que te cagas”, en encuentros familiares, en tertulias y reuniones formales, en la mesa, e incluso en misa. Así que de los tales, parafraseando al visionario Quevedo, se podría decir: “Nunca que yo sepa,/ se les cayó la mierda de la boca”. Es que, con perdón, te cagas.
LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XIV): Pasar página                                                     

Observen con atención a alguien que está leyendo y luego vayan y cuéntenlo. Dirán que el tal personaje leía, y no afirmarán que estaba pasando páginas; entre otras cosas porque pasar páginas equivale a hojear, a pasar las hojas sin entretenerse en leer lo que hay escrito en ellas. Así que hasta ahora pasar páginas era un hacer irrelevante en la tarea de leer, que solo tenía como fin facilitar la continuidad de la lectura, por lo que no era necesario registrarlo como dato ni certificar que uno se dedicaba a esa tarea.
   Pues bien, los vaivenes y caprichos de la vida han conducido a que muchos estén ahora ocupados en pasar página, aunque no tengan intención de leer. Miren y vean cómo del rey abajo hasta el último baranda tienen el pasar página como una dedicación inaplazable, que se aplican a sí mismos, o lo proponen como encargo y recomendación a sus camaradas, adversarios y ciudadanos en general. Y ahí los tenéis pasando página sobre asuntos de corrupción generalizada, de cohechos propios e impropios, de malversación de los caudales públicos, de decisiones de gobierno desafortunadas o movidas por el engaño y la prevaricación. Y todos, a imitación suya, pasamos página tras página sobre esos asuntos torciendo la vista para no leer lo que en sus renglones torcidos hay escrito, y tapándonos la nariz para no percibir el denso olor a podrido que de allí brota.
   Pasar página es una ocupación peregrina y una vana ilusión que no mira hacia delante para conocer lo que viene a continuación, lo que depara el futuro, sino hacia atrás para ocultar o dar por buenos los malos hechos ya pasados. Así que hay días en que todo el mundo anda enfrascado en este círculo vicioso que no avanza, sino que retrocede en un pasar página que lleva a pasar otras, en una tarea que pretende olvidar el pasado en un entierro que a ellos les salva y les redime.
   Y así vamos, pasando página a todas horas para satisfacción de pocos y vergüenza de todos. Que cada vez las ocupaciones son más estrafalarias y menos explicables.