viernes, 8 de enero de 2016

MIS LABORES (XI)

Rascarse la barriga                                                                               

Paciente y ocioso amigo: si repasamos el catálogo de oficios del desocupado, seguro que nos encontraremos con el muy socorrido de rascarse la barriga. Y no hace falta ir más allá ni recabar bibliografía porque tú y yo, en más de una ocasión, hemos sido acusados de dedicarnos a tal faena, e incluso nos hemos sorprendido a nosotros mismos enfrascados en ella, sea despatarrados en el sofá, en la hamaca de la playa o a la fresca sombra de una higuera. Así que nosotros podemos hablar por experiencia propia.
   Pero antes de ir más allá, conviene deslindar el alcance de tal acción y deshacer tópicos sobre ella. Los entendidos discuten –y parece que no acaban- acerca de si rascarse la barriga es la mejor desocupación del mundo, y andan enfrentados y a la greña unos con otros porque, aunque los más defienden como verdad incontestable su inutilidad, su carácter de dedicación gratuita, hay quienes le achacan el que necesite de un esfuerzo, ya que la acción de rascarse no se hace espontáneamente, lo cual la incluiría más en la categoría de las ocupaciones que en las desocupaciones; y no deja de haber algunos malpensados que sospechan que dicha expresión no es más que una metonimia fácil y grosera para sugerir que el rascado, más que a la barriga, se orienta hacia sus adláteres de abajo, es decir, a semejante parte, lo que supondría una ocupación nefanda, nada propicia para satisfacer las aspiración al sosiego del ocioso.
   Pero tengan razón unos u otros, si somos sinceros hemos de reconocer que, bien mirado, en nuestro caso lo de rascarse la barriga, que alude de por sí a una tarea poco trabajosa y en nada productiva, es un mero nominalismo y una etiqueta malintencionada con que los sometidos a trabajos penosos y esforzados pretenden ridiculizar nuestro acreditado no hacer nada, nuestra condición probada de sujetos pacientes ajenos a todo esfuerzo. Porque en nuestro caso sería demasiada ocupación –remangarse la ropa y arañarse la panza como si rasgueáramos las cuerdas en el vientre de una guitarra-; así que tú y yo sabemos que debajo de la dichosa imagen de rascarse la barriga no hay más que una persona descuidada y ociosa que, tumbada a la bartola, se mira el ombligo, piensa en las musarañas, anda a la sopa boba, papa moscas, está en las nubes o las inspecciona y, como mucho, mata moscas con el rabo.
   Eso sí que es rascarse la barriga; porque si nos la rascásemos al pie de la letra pondríamos en entredicho nuestra desocupación harto probada, que no puede enturbiarse con rascados, rasquijas ni rasgueos, sean de la barriga o de cualesquiera otras partes de nuestra descansada anatomía. Hasta ahí podríamos llegar.