viernes, 8 de enero de 2016

MIS LABORES (XII)

Tocarse el moniato                                                                                

Amigo vacante: si el maestro Thomas Hobbes dice que el ocio es la madre (sic) de la filosofía, no seremos ni tú ni yo quienes le quitemos la razón. Pero el filósofo debía saber que el ocio es la madre y el padre de otras mil inutilidades de tanto o más gusto que el pensar. Entre ellas, algunas que, pese a su apariencia de trabajo físico, no son más que muestras del ocioso no hacer nada. Baste recordar algunos hitos de la desocupación como, por ejemplo, rascarse la barriga, mirarse el ombligo o matar moscas con el rabo, que usted y yo practicamos con asiduidad.
Añadamos a estas faenas que tocar figuradamente cualquier parte de la anatomía humana, sin intención determinada, viene a ser una de las manifestaciones más acertadas de la holganza, del recrearse en no hacer nada. Así que dejemos a un lado el morbo de que el tocamiento de uno mismo sea considerado acto impuro por la Santa madre Iglesia; y el del prójimo, como pecado mortal o vicio nefando, según el sexo del tocado, y vayamos a lo nuestro. Porque usted y yo sabemos que el toqueteo del que hablamos, como el honor o la buena fama, es la imagen de desocupados y holgazanes que nosotros percibimos en los demás, o que aquellos aprecian en nosotros.
   Sepa usted que gozará de una indiscutible reputación de ocioso cuando los demás digan que, lejos de afanarse en su trabajo, de andar metido en toda clase de trajines, de no hallar pausa ni sosiego en sus quehaceres, está usted tocándose alguna parte de su cuerpo: las narices, la flauta, los pelendengues y cualquiera otras anterioridades y posteridades de la cintura para abajo que sólo un lenguaje bronco y desapacible, que no es el nuestro, podría mentar con todas sus letras. Pero he de decirle que moniato -que los malpensados dicen que designa imaginariamente el fruto de la entrepierna- resulta el compendio y epítome de todo lo tocable en nuestra física y moral anatomía. Y le añadiré que no es más que el alma de un giro que, lejos de malsonante o grosero, se limita a describir con acierto y puntualidad el comportamiento de la persona holgazana y entretenida en ocupaciones inútiles.
   Así que apoltrónese en el sofá, relájese en su tumbona a la sombra de la parra, pasee las calles de arriba abajo sin ningún fin, visite tabernas y terrazas, entreténgase de conversación con unos y otros y, lo que es más importante, no de un palo al agua ni muestre ninguna intención de hacerlo. Así irá acumulando una bien ganada fama de estar tocándose el moniato, que su mujer, su suegra, sus demás parientes y sus amigos se encargarán de ir difundiendo para conocimiento de todos y honra suya. Y yo no dejaré de reconocerle sus méritos, que son los míos.