viernes, 6 de mayo de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XVIII): Excusas de mal pagador                              

Ahí los tienen manejando con soltura sus bastones y tocados con airosos sombreros de copa. El uno, de figura estilizada y elegante, vestido de frac de color y pañuelo blanco; y el otro, un tanto regordete, con su redingote o casaca corta, camisa blanca y corbata roja. Pues sepan que el primero es el periodista Mariano José de Larra y el otro un ciudadano francés llamado monsieur Sans-délai.
   Resulta que tras acudir días y días a las oficinas de la administración para resolver ciertos asuntos del gabacho, no han obtenido más que un rotundo “Vuelva usted mañana”, porque el oficial de la mesa estaba echando un cigarrito al brasero o paseando plácidamente por el Retiro. Pero hoy, nada más sentarse en la tribuna de invitados del Congreso de los Diputados, piensan que tendrán más suerte porque precisamente se debate una ley referente al negocio del visitante francés.
   Pero oigan cómo el orador, desde el estrado, reprocha a su adversario, sin más razones, que lo dicho por él son excusas de mal pagador. Y si hubieran acudido al pleno de un ayuntamiento, podrían haber oído a cualquier concejal de la oposición tachar de excusas de mal pagador a los argumentos del alcalde, y a este devolviéndole el mismo reproche al otro. Y así, también, en asambleas regionales, en diputaciones, y en consorcios, y en  grandes empresas, y en juntas de vecinos o de la asociación de padres del colegio de barrio.
   Así que Monsieur Sans-delai, cada vez más confuso, podría pensar que más que acordar y resolver asuntos de interés, se trata de disputas de ventajistas y tahúres en un garito de juego. Como si los diputados, senadores, alcaldes, consejeros y toda clase de junteros, estuvieran apostando y contando dineros, ajustándose las cuentas, echándose en cara los embustes, retrasos e impagos en asuntos que, más que orientados al bien público, tuvieran que ver con trampas y fullerías. Eso sí, con dineros que no son los suyos. Y así todos contentos, poniendo siempre la excusa y la mentira en boca ajena y nunca en la propia. Menos Larra y el señor Sans-délai, inconformistas e indignados. O yo, o tú, o él.