jueves, 2 de junio de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XXII): Abrir el melón                                                           

Créanme que durante siglos no hubo arcano más recogido y secreto que el interior de un melón. Se podía hacer cábalas sobre la pulpa que lo rellena, los zahoríes meloneros solían sondear sus entrañas con unos breves toques con los nudillos o apretándolo con los dedos, e incluso los más modernos recurrían a alguna aplicación informática que daba ciertos pelos y señales sobre su madurez. Pero nadie podía evitar la incertidumbre de tales catas a ciegas. Por eso, ahí lo teníamos sobre la mesa, la del comedor o la plegable instalada sobre la arena playera, emergiendo entre los despojos de la opípara merendola, como un verde o dorado tótem, como un luminoso huevo de Fabergé, como un objeto volador no identificado al que todos miraban entre el arrobo y el temor, dudando si de allí surgiría el maná que daría final feliz al banquete o lo arruinaría definitivamente dejándolo incompleto. En todo caso, abrir el melón sería la prueba definitiva que confirmaría inequívocamente los buenos indicios o los fundados temores sobre la materia.
   Pero todos estas incertidumbres y temores ancestrales no ha mucho tiempo quedaron despejados. Ahí está en el estante del supermercado, abierto en dos mitades y velado con una delgada película de plástico que deja traslucir un color dorado que nos inunda la vista y el aspecto mullido y esponjoso de su pulpa que ya nos está endulzando el gusto.
  Sin embargo, como la dicha nunca es completa, resulta que entre la inmensa variedad de melones – canario, piel de sapo, galia…- hay uno que no está en el súper, del que todo el mundo habla y nadie se atreve a abrirlo, como si se tratase del mecanismo de relojería de un peligroso artefacto. Por eso, ahí tenemos a los artificieros de la casta política y a los incendiarios descastados manoseando el dicho melón, lanzándoselo unos a otros y amenazando con abrirlo.
   Sepan ustedes que se trata nada menos que del melón de la Constitución –nótese aquí la sonora rima-, del que muchos hablan y muchos otros oyen hablar, sin que nadie se atreva a abrirlo, aunque todos adviertan de la necesidad de manipular su contenido. Así que en estas estamos: con la casa sin barrer y el melón sin abrir.