martes, 2 de agosto de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.


Dimes y diretes (XXV): Bajar los brazos                                                   

Oigo que el gobierno de Rajoy ha bajado los brazos ante la cuestión catalana y me imagino una instantánea de todo el ejecutivo durante una clase de Gimnasia –ahora llamada Educación Física-, justo en el momento de calentar subiendo y bajando los brazos. Y me cuentan que también la Unión Europea ha bajado dichas extremidades superiores en el conflicto de Ucrania, y entonces me resulta más difícil imaginarme al pedazo de continente personificado que, en calzón corto, se ejercita en estos menesteres atléticos.
   Pero es que en medio de esta confusión me llega el vocerío de la retransmisión deportiva de turno que dictamina con pesimismo que el equipo de casa, tras el segundo gol, ha bajado irremisiblemente los brazos, y me pongo a pensar si es que se juega peor al fútbol así; e incluso malpienso si hasta ese momento han competido con los brazos en alto, como si fueran víctimas de un atraco, en cuyo caso dudo que pudieran ir ganando.
   “O tempora, o mores!”, dijo Cicerón, y de ahí algunos que no entendían mucho de latín interpretarían libremente que no había que confundir el culo con las témporas. Que es lo que les debe pasar a los que confunden el pensamiento con la acción, la voluntad con los miembros que la ejecutan. Entonces es cuando, en un selfi imaginario, me tomo una imagen de mí mismo para comprobar dónde y cómo tengo los brazos: si en la cabeza, sobre la mesa o colgando junto a los ídem del sillón. Y me da por pensar que si bajar los brazos es abandonar una idea o un empeño, desistir de lo que estábamos haciendo y, en definitiva, no hacer nada, está claro que no podré ponerme los calcetines ni calzarme los zapatos, ni rascarme la pantorrilla o la entrepierna, ni, por extensión, coger flores, plantar cebollino, recoger la caca del perro, y un larguísimo etcétera.
   Y entonces me invade una sensación de parálisis e inutilidad que me lleva a ponerme las manos sobre la cabeza por si acaso todo esto que pienso fuera verdad. Y para que se sepa que yo no tiro la toalla, ni mucho menos bajo los brazos.