viernes, 9 de septiembre de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (III): Olivica comía, huesecico al suelo     

El marqués de Villena escribió un tratado sobre la utilización del cuchillo, titulado Arte cisoria, con la intención ilustrada y pedagógica del renacentista de contribuir a refinar las costumbres del buen cortesano, un tanto dejadas durante la Edad Media. Imaginen que este refinado gourmet del siglo XV hubiera escrito un tratado sobre el arte de comer olivas -ahora llamadas por casi todos aceitunas-, y admitan ya de entrada que no hubiera dado por buena la forma del dicho popular que comentamos, aunque su intención lo sea. ¡Cómo se va a propugnar que toda tarea se debe hacer con método y orden, por sus pasos contados, si se proclama con la imagen del malhacer y la desidia de tirar por el suelo los huesos de las olivas que comemos!
   Además de darnos cuenta de que el hecho es un atropello a las formas y a los buenos modales, deberíamos pensar en el riesgo de accidente que supone sembrar el suelo con los corazones duros de tal fruto, que actuarían como rodamientos sobre los que se deslizaría quien los pisara.
   Pero nuestras críticas no van por ahí, sino que tienen una sólida intención cultural. Sabido es que en  ferias y fiestas patronales y, sobre todo, en los festejos de verano, proliferan manifestaciones deportivo-culturales de gran arraigo en la tradición castiza del país. Me refiero a los concursos de habilidades: de rebuznos, de lanzamiento de azada o de legón y, sobre todo, de arrojar con la boca huesos de oliva, de dátil o de otros frutos, a la mayor distancia posible.
   A propósito de estos últimos, qué duda cabe que, durante las comidas, los huesos de oliva, lejos de tirarlos al suelo sin más, podrían ser lanzados, de un fuerte bufido por encima de la mesa, y de los asombrados comensales, y del aparador, hasta las profundidades del pasillo, como entrenamiento que vaya registrando nuestros progresos. Y ya puestos, podríamos colgar una bolsa en la pared de enfrente, en la que intentaríamos “encestar” nuestros dardos aceituneros que, bien guardados, luego nos servirían de munición para el evento. 
  Establecido así el interés cultural del lanzamiento de huesos de oliva, no quedaría más que reformar la desafortunada frase para que diera cuenta fidedigna de la modernización y saneamiento del hecho: “Olivica comía, hueso al vuelo”. O “al cesto”, según convenga.