viernes, 29 de enero de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (VI): Poner líneas rojas                                              

En estos tiempos de zozobra en que el común de los mortales anda atosigado por las penurias y miserias del vivir cotidiano y empeñado en la búsqueda de un trabajo inexistente, en atender mil sacaíllas y pagamentas, en digerir las facturas de la luz y del agua o en cuadrar  la nota de las compras en el supermercado, resulta que nuestros prebostes, mandamases, barandas, próceres y procercillos andan enfrascados en otra de las muchas tareas que suelen entretenerlos y divertirlos.
   Tras vender el humo de las promesas electorales y marear la perdiz con los dimes y diretes de las acusaciones al adversario y las loas de sí mismos, resulta que ahora, metidos a delineantes y geómetras de la cosa pública, se ocupan con especial dedicación y ahínco en dibujar líneas rojas.
   Así que vemos a aspirantes a las alcaldías, a concejales electos, a diputados y consejeros de nuevo cuño, provistos unos de estuches de dibujo y armados de escuadra, cartabón, compás, bigotera y un buen tintero de tinta roja, y los menos delicados con brocha gorda y un cubo de pintura del color de marras; pero todos compitiendo en el asedio de las sedes del adversario, vigilando asambleas y reuniones de los otros, revisando minuciosamente los programas políticos ajenos y olvidando los suyos y estudiando la vida y milagros de los presuntos imputados de la acera de enfrente, para en un quítame allá esas pajas, trazar una línea roja que separe el trigo de la paja; pero eso sí, buscando la dicha paja en el ojo ajeno sin remover el pajar propio, ni buscar la viga del imputado que entorpece la vista de los suyos.
   Todo ello, para envidia de Pizarro, que trazó a palo seco la delgada raya que separaría a los trece de la fama del resto de los mortales en la conquista del imperio inca; e incluso del árbitro de fútbol de turno, que dibuja la blanca y perecedera línea que mantendrá a raya los ímpetus defensivos de los jugadores.
  Y los ciudadanos, entre tanto, enredados y perdidos en este laberinto de líneas rojas que quizá no lleve a ninguna parte, dejándonos en la misma situación en que estábamos.

viernes, 8 de enero de 2016

MIS LABORES (XIII)

Darse con una piedra en las espinillas                                               

Holgados amigos: Cuando tengan algún rato de asueto, que no me cabe duda de que serán todos, dada nuestra condición de desocupados a tiempo completo, les propongo que recuerden los doce trabajos de Hércules, paradigma del riesgo y del esfuerzo, desde matar leones a capturar al cancerbero de los infiernos, pasando por limpiar establos o robar manzanas. Aunque líbreme Dios –o, en este caso, los dioses- de ensalzar a este personaje escandalosa y tontamente trabajador, a este estajanov de la clasicidad, como modelo de nuestra vida desocupada, sino todo lo contrario, porque nada más pensarlo me canso y me atosigo. Pero como culminación de este ciclo dedicado a la descripción y elogio de nuestras desocupaciones, que nos ocupan el seso y los sentidos, quisiera ponderar su magnitud y nuestra impagable dedicación a ellas identificándolas con los afanes de Hércules, aunque sólo sea para resaltar que somos los antípodas del hercúleo personaje.
   Y nada mejor para acabar con la exposición de nuestros “trabajos” que la glosa del viejo dicho de “darse con una piedra en las espinillas, que, aunque nominalmente alude a una ocupación, y ciertamente penosa, hay que entender que ningún desocupado con dos dedos de frente se dedicaría a ella, tanto por su carácter ocupacional como por los resultados lesivos para su ejecutor y al mismo tiempo víctima. Y es que, más que entenderla al pie de la letra, de esta expresión hay que extraer la impagable intención pedagógica que guía al que la dice. El mandato de golpearse con una piedra donde más duele tiene, aunque no lo parezca, la intención irónica de desautorizar al que se mete en todo, al que asume ocupaciones indebidas, al que no para en su trajín molesto y entorpecedor, al Hércules que no deja de hacer cosas vengan o no a cuento, por lo que se le recomienda que sustituya todos sus trabajos por el más inútil de todos, con lo que subliminalmente se le está conminando a que se esté quieto, a que no haga nada, a que se dedique a la inactividad y al ocio.
   Por eso, nosotros, enemigos tanto de los trabajos hercúleos como de la más mínima de las ocupaciones, preferimos incluso darnos con una piedra en las espinillas para ostentar nuestra dejación de todo trabajo u ocupación útil, por incompatible con nuestra condición de desocupados irredentos que preferirían las pedradas en tan doloroso sitio antes que dedicarse a hacer algo. Y ahí nos las den todas, que nosotros estaremos aquí, bien descansados, a verlas venir, entregados a nuestro amplio repertorio de disciplinas del no hacer nada, mientras los otros se ocupan de lo demás, incluso de darse golpes en las espinillas si lo prefieren.
MIS LABORES (XII)

Tocarse el moniato                                                                                

Amigo vacante: si el maestro Thomas Hobbes dice que el ocio es la madre (sic) de la filosofía, no seremos ni tú ni yo quienes le quitemos la razón. Pero el filósofo debía saber que el ocio es la madre y el padre de otras mil inutilidades de tanto o más gusto que el pensar. Entre ellas, algunas que, pese a su apariencia de trabajo físico, no son más que muestras del ocioso no hacer nada. Baste recordar algunos hitos de la desocupación como, por ejemplo, rascarse la barriga, mirarse el ombligo o matar moscas con el rabo, que usted y yo practicamos con asiduidad.
Añadamos a estas faenas que tocar figuradamente cualquier parte de la anatomía humana, sin intención determinada, viene a ser una de las manifestaciones más acertadas de la holganza, del recrearse en no hacer nada. Así que dejemos a un lado el morbo de que el tocamiento de uno mismo sea considerado acto impuro por la Santa madre Iglesia; y el del prójimo, como pecado mortal o vicio nefando, según el sexo del tocado, y vayamos a lo nuestro. Porque usted y yo sabemos que el toqueteo del que hablamos, como el honor o la buena fama, es la imagen de desocupados y holgazanes que nosotros percibimos en los demás, o que aquellos aprecian en nosotros.
   Sepa usted que gozará de una indiscutible reputación de ocioso cuando los demás digan que, lejos de afanarse en su trabajo, de andar metido en toda clase de trajines, de no hallar pausa ni sosiego en sus quehaceres, está usted tocándose alguna parte de su cuerpo: las narices, la flauta, los pelendengues y cualquiera otras anterioridades y posteridades de la cintura para abajo que sólo un lenguaje bronco y desapacible, que no es el nuestro, podría mentar con todas sus letras. Pero he de decirle que moniato -que los malpensados dicen que designa imaginariamente el fruto de la entrepierna- resulta el compendio y epítome de todo lo tocable en nuestra física y moral anatomía. Y le añadiré que no es más que el alma de un giro que, lejos de malsonante o grosero, se limita a describir con acierto y puntualidad el comportamiento de la persona holgazana y entretenida en ocupaciones inútiles.
   Así que apoltrónese en el sofá, relájese en su tumbona a la sombra de la parra, pasee las calles de arriba abajo sin ningún fin, visite tabernas y terrazas, entreténgase de conversación con unos y otros y, lo que es más importante, no de un palo al agua ni muestre ninguna intención de hacerlo. Así irá acumulando una bien ganada fama de estar tocándose el moniato, que su mujer, su suegra, sus demás parientes y sus amigos se encargarán de ir difundiendo para conocimiento de todos y honra suya. Y yo no dejaré de reconocerle sus méritos, que son los míos.
MIS LABORES (XI)

Rascarse la barriga                                                                               

Paciente y ocioso amigo: si repasamos el catálogo de oficios del desocupado, seguro que nos encontraremos con el muy socorrido de rascarse la barriga. Y no hace falta ir más allá ni recabar bibliografía porque tú y yo, en más de una ocasión, hemos sido acusados de dedicarnos a tal faena, e incluso nos hemos sorprendido a nosotros mismos enfrascados en ella, sea despatarrados en el sofá, en la hamaca de la playa o a la fresca sombra de una higuera. Así que nosotros podemos hablar por experiencia propia.
   Pero antes de ir más allá, conviene deslindar el alcance de tal acción y deshacer tópicos sobre ella. Los entendidos discuten –y parece que no acaban- acerca de si rascarse la barriga es la mejor desocupación del mundo, y andan enfrentados y a la greña unos con otros porque, aunque los más defienden como verdad incontestable su inutilidad, su carácter de dedicación gratuita, hay quienes le achacan el que necesite de un esfuerzo, ya que la acción de rascarse no se hace espontáneamente, lo cual la incluiría más en la categoría de las ocupaciones que en las desocupaciones; y no deja de haber algunos malpensados que sospechan que dicha expresión no es más que una metonimia fácil y grosera para sugerir que el rascado, más que a la barriga, se orienta hacia sus adláteres de abajo, es decir, a semejante parte, lo que supondría una ocupación nefanda, nada propicia para satisfacer las aspiración al sosiego del ocioso.
   Pero tengan razón unos u otros, si somos sinceros hemos de reconocer que, bien mirado, en nuestro caso lo de rascarse la barriga, que alude de por sí a una tarea poco trabajosa y en nada productiva, es un mero nominalismo y una etiqueta malintencionada con que los sometidos a trabajos penosos y esforzados pretenden ridiculizar nuestro acreditado no hacer nada, nuestra condición probada de sujetos pacientes ajenos a todo esfuerzo. Porque en nuestro caso sería demasiada ocupación –remangarse la ropa y arañarse la panza como si rasgueáramos las cuerdas en el vientre de una guitarra-; así que tú y yo sabemos que debajo de la dichosa imagen de rascarse la barriga no hay más que una persona descuidada y ociosa que, tumbada a la bartola, se mira el ombligo, piensa en las musarañas, anda a la sopa boba, papa moscas, está en las nubes o las inspecciona y, como mucho, mata moscas con el rabo.
   Eso sí que es rascarse la barriga; porque si nos la rascásemos al pie de la letra pondríamos en entredicho nuestra desocupación harto probada, que no puede enturbiarse con rascados, rasquijas ni rasgueos, sean de la barriga o de cualesquiera otras partes de nuestra descansada anatomía. Hasta ahí podríamos llegar.