viernes, 6 de mayo de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XIX): Dar un golpe en la mesa                                             

Quizá no haya mueble de más polifacética utilidad que la mesa, porque además de alimentarnos, también es mesa de trabajo, de negociación, de noche, de camilla, del altar y de juegos; sin olvidar la del televisor, la redonda y la petitoria.
   Pero no deja de asombrarme un nuevo uso del mueble tan familiar. Un día, estando amodorrado, apoyada la cabeza en el dicho mueble, aporreado por el jolgorio y la berrea del programa deportivo de turno, en el que más de una docena de janglones aullaban narrando el partido Ponferradina-Mirandés como si estuvieran radiando el fin del mundo, desperté sobresaltado al oír que el equipo berciano había dado un puñetazo sobre la mesa para cambiar el rumbo del encuentro. “Dios mío -me dije-, ¿sobre qué mesa?, ¿no será esta mía?” Y no dejaba de preguntarme si habrían suspendido el partido para hacer tal alarde.
  Más tarde, el aparato vocea un nuevo golpe sobre el mueble, ahora propinado por el interior izquierdo al marcar el tercer gol. Y finalmente, en sesudas declaraciones, el entrenador local atribuye la victoria a que habían dado en el momento justo un golpe sobre la mesa. Entonces me desperezo y doy, yo también, un golpe sobre la tal, que yo no voy a ser menos.
   Con el tiempo, iré descubriendo que el tal puñetazo no es solo desahogo de tahúres en la mesa de juego ni muestra de autoridad del padre enfadado con su prole a la hora de comer, sino ocupación frecuente, si no principal, de futbolistas y otras estrellas del deporte; pero también de Charlène de Mónaco, del presidente del Banco de España y de más de un político deseoso de cambiar el rumbo de su partido, aunque sea a porrazos.
   Pero como uno es tan poco imaginativo, no deja de preguntarse si estos locos confunden el culo con las témporas, el campo de juego con una mesa; y de suponer que equipos, deportistas, entidades y personajes de postín llevan a todos lados la mesa de marras para poder ejercer sobre ella su libertad de expresión. Y acabo por pensar que, aunque la Sagrada Biblia asevera que el número de tontos es infinito, desde entonces hasta aquí no ha dejado de crecer, aunque solo sea para aporrear la mesa.
LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XVIII): Excusas de mal pagador                              

Ahí los tienen manejando con soltura sus bastones y tocados con airosos sombreros de copa. El uno, de figura estilizada y elegante, vestido de frac de color y pañuelo blanco; y el otro, un tanto regordete, con su redingote o casaca corta, camisa blanca y corbata roja. Pues sepan que el primero es el periodista Mariano José de Larra y el otro un ciudadano francés llamado monsieur Sans-délai.
   Resulta que tras acudir días y días a las oficinas de la administración para resolver ciertos asuntos del gabacho, no han obtenido más que un rotundo “Vuelva usted mañana”, porque el oficial de la mesa estaba echando un cigarrito al brasero o paseando plácidamente por el Retiro. Pero hoy, nada más sentarse en la tribuna de invitados del Congreso de los Diputados, piensan que tendrán más suerte porque precisamente se debate una ley referente al negocio del visitante francés.
   Pero oigan cómo el orador, desde el estrado, reprocha a su adversario, sin más razones, que lo dicho por él son excusas de mal pagador. Y si hubieran acudido al pleno de un ayuntamiento, podrían haber oído a cualquier concejal de la oposición tachar de excusas de mal pagador a los argumentos del alcalde, y a este devolviéndole el mismo reproche al otro. Y así, también, en asambleas regionales, en diputaciones, y en consorcios, y en  grandes empresas, y en juntas de vecinos o de la asociación de padres del colegio de barrio.
   Así que Monsieur Sans-delai, cada vez más confuso, podría pensar que más que acordar y resolver asuntos de interés, se trata de disputas de ventajistas y tahúres en un garito de juego. Como si los diputados, senadores, alcaldes, consejeros y toda clase de junteros, estuvieran apostando y contando dineros, ajustándose las cuentas, echándose en cara los embustes, retrasos e impagos en asuntos que, más que orientados al bien público, tuvieran que ver con trampas y fullerías. Eso sí, con dineros que no son los suyos. Y así todos contentos, poniendo siempre la excusa y la mentira en boca ajena y nunca en la propia. Menos Larra y el señor Sans-délai, inconformistas e indignados. O yo, o tú, o él.
LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XVII): Tapar agujeros                                                 

Sepan cuantos este escrito vieren que, pese a opiniones en contrario, sigue habiendo clases, según una vieja imagen que nos presenta a unos arriba y a otros abajo. Mientras los de arriba, sean políticos, empresarios, aristócratas o ricos de nacencia se dedican a artes nobles como atar los perros con longaniza, vender humo, poner negro sobre blanco o hacérselo mirar, para los de baja y servil condición quedan los oficios penosos y mal retribuidos.
   Pero sobre todo en estos tiempos de crisis, reformas laborales, eres y despidos a granel, ajustes y recortes, trabajos basura, pobreza energética y de la otra, la aspiración de los parias de la tierra no se cifra en vivir en palacios, amasar fortunas, hacerse de autos deslumbrantes o ser agraciados en el amor para alcanzar el nivel de los ricos, sino en tapar agujeros.
   Sin embargo, es en vísperas de la Navidad –y sobre todo el día 22 de diciembre por la mañana- cuando menestrales, tenderos de ultramarinos, barrenderos, trabajadores de medio pelo, abuelos, emprendedores y maestros de escuela sueñan con que un sustancioso premio les traerá una nueva ocupación que les hará felices: tapar agujeros. Y los pocos afortunados lo confiesan a su familia, lo gritan en la calle, lo vomitan en declaraciones a radios y televisiones locales y nacionales y hacen correr ríos de cava que mojan y churretean rostros y ropajes de amigos, conocidos y curiosos, que se emboban y babean ante tamaño proyecto de futuro.
   Finalmente, los agraciados con el premio y el consiguiente nuevo oficio, alborozados, se van a casa y allí nos los imaginamos, provistos de toda clase de herramientas y materiales, tapando y destapando agujeros, en un perpetuo tejer y destejer, como el de los personajes del Lazarillo de Tormes alrededor del arca que los malalimentaba.
   En definitiva, los vemos convertidos en prometeos encadenados a un designio eterno que, como si fueran las increíbles hazañas del héroe mitológico, todo el mundo admira y desea, mientras los de arriba disfrutan viendo cómo todos andan entretenidos, unos tapando agujeros y los otros soñando que podrán hacerlo también el año que viene, en una eterna rueda de ilusiones que los mantiene felices mientras se empobrecen adquiriendo décimos o plazos del futuro e improbable oficio.
LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XVI): Por un tubo                                                       

Aunque descendientes de aquellos Adán y Eva a quienes Dios condenó al trabajo, la enfermedad y la muerte, la vida de muchos hasta hace poco tiempo se atenía a un mediano pasar, situados en el justo medio en que uno no es ni rico ni pobre, ni es demasiado afortunado ni pena en exceso, ni se muere por cambiar de estado. Pero, de la noche a la mañana, en los últimos años del pasado siglo, esta aurea mediocritas dio paso a verlo, a vivirlo y a decirlo todo con excesos y demasías. La hipérbole por un tubo daba cuenta de la masa indiferenciada e incontable de todo tipo de materiales, bienes y fortunas; aunque también podía acumular pérdidas y desgracias.
    Lo mucho siempre nos llegaba y se medía por un tubo: podíamos certificar que tal o cual persona era rica por un tubo, que nuestra hija tenía la gracia por un tubo, o que la abuela acumulaba la mala leche también por un tubo. Y así hasta el infinito: por un tubo nos llegaban las fiebres y enfermedades, por un tubo se ponderaban las saberes de cualquier ciencia o profesión y por un tubo comíamos, bebíamos y deponíamos, sin que nadie fuera capaz de explicar el origen de expresión tan tosca y poco precisa.
   Unos decían que provenía de los tubos que suministraban las cervezas y otras bebidas frías al dictador dominicano Leónidas Trujillo desde su casa, situada al borde de un acantilado, hasta la piscina de agua de mar construida al pie de la playa; otros la consideraban como una traslación del invento decimonónico de los tubos neumáticos con los que se pretendía crear un correo rápido y seguro que llevara cartas y paquetes a los ocupantes de un bloque de pisos o de un edificio de oficinas.
   Lo cierto es que todo el mundo hablaba por un tubo de las muchas cosas buenas y malas que acaecían, y nadie quedaba indiferente ante la proliferación y demasía de tales sucesos. Aunque hay que decir, eso sí, que a algunos nos parecía que los que lo decían tenían la falta de ingenio y la poca gracia por un tubo, si es que se me permite decirlo así.