miércoles, 6 de julio de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XXIV): Intercambio de cromos                                           

El emérito profesor y novelista Hidalgo Bayal llama, con un neologismo certero, “léxico pactoril” al relacionado con los cambalaches y trapicheos poselectorales, denominación inclusiva de algunos de los términos que aquí glosamos nosotros –trazar líneas rojas, marear la perdiz, poner palos en las ruedas, vender humo…-. Pero él añade uno que no tiene desperdicio como manifestación del juego en el que a veces se sorprenden los miembros de la casta política, siempre propensos a ver la informalidad ajena y no la ambición y la falta de principios propias.
   Acérquense  y vean a estos personajes que, en torno a una mesa, concentrados y cejijuntos, sacan papeles, los consultan y se los pasan a los que están sentados enfrente, en tanto que aquellos, tras estudiar esos y añadir otros, se los devuelven a los primeros en un toma y daca muy vistoso y entretenido. Si los despechados competidores que no han sido invitados fisgaran por el ojo de la cerradura o recibieran el chivatazo de lo que allí ocurre, dictaminarían inequívocamente que se trata de un juego muy propio del gusto de todos; pero solo confesable si se dice de los otros. Están, sin duda, en el intercambio de cromos: sillones, cargos, prebendas, liberados, asesores, delegaciones, como unidades de una baraja interminable de sinecuras. Pero entre ellos no encontraremos casi ninguno referido al cumplimiento de las promesas electorales, a la resolución de los problemas de los ciudadanos, a la lucha contra los abusos y las malas prácticas.
   Mientras, nosotros, los que estamos ajenos a tal juego, deberíamos pensar que estos representantes nuestros son como niños: como si el tiempo no hubiera pasado y los viéramos en pantalón corto, sentados en corro a la fresca sombra de la placeta, entregados al trueque con el precioso tesoro de unas estampas que compendiaban lo que entonces se podía saber sobre fauna, aeroplanos o estrellas del fútbol.
   Pero no se engañen: mejor sería estar prevenidos por si los envites de tal juego se hacen a costa de nuestros dineros. Y entre tanto, paciencia y barajar, amigo Sancho, que “pactores” tiene la Iglesia, como advierte el novelista extremeño.
LA FERIA DEL MUNDO.
Dimes y diretes (XXIII): Pena de telediario                                                    

Los débiles y los mansos, los cortos y encogidos, nunca alcanzaremos el éxito ni la notoriedad, ni para bien ni para mal. Aunque digan que hay igualdad de oportunidades, nunca llegaremos a ser empresarios de postín, presidentes de Cajas de ahorros, consejeros de grandes corporaciones, mandamases de la clase política ni estrellas de la prensa del corazón. Pero como no hay mal que por bien no venga, tampoco es probable que no deslicemos por la pendiente de la estafa, la prevaricación, el cohecho, la malversación u otras formas de corrupción que ahora tanto se llevan. De ahí que sea harto difícil que formemos parte de  las gruesas listas de  interrogados, investigados o imputados por la justicia, o como ahora quieran ellos llamarse. Ni muchos menos que recaigan sobre nosotros penas de reclusión mayor ni menor, inhabilitaciones y otras condenas ahora tan de moda. Y en todo caso, nuestros avatares no serán materia de grandes alardes informativos.
   Pero, pese a que a alguien le parezca una perversión, lo que más nos duele es que nunca podremos sufrir la mediática pena de telediario, como las infantas, blesas, ratos, crespos, pantojas y demás fauna del poder y de la fama. Y no entendemos de qué se quejan ellos, si es casi seguro que con este minuto de castigo, que los retrata saliendo esposados de su casa, empujados dentro de un coche policial o haciendo el paseíllo ante la sede judicial o la cárcel, a casi todos les será suficiente para redimir sus conductas abominables.
   Por eso, aunque no podamos estar en su lugar, como espectadores nos consuela que en un breve instante quedemos enterados de la catadura de tales personajes, sin necesidad de que pasen años y se escriban miles de folios sobre sus casos y sus causas. Porque les diré que esta instantánea televisiva es de más impacto que la visión de las largas películas y series que podrían rodarse sobre sus hazañas, juicios  e improbable vida carcelaria, como ocurrió con el Lute, los gánsteres de Chicago y los lobos de Wall Street.
   Y en cuanto a la justicia de tal pena televisiva, bueno es saber que menos es nada. Por eso, el que no se consuela es porque no puede.