martes, 2 de agosto de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.

Dimes y diretes (XXVI): Crear nichos de empleo                                       

Señoras y señoros: Por si no lo saben, les diré que tengo un primo en el paro, información nada relevante habida cuenta de que comparte esta situación con otros cinco millones. Pero les confesaré que lo más preocupante no es el desempleo, sino que este parado mío es enemigo declarado del trabajo: sepan que desde la más tierna infancia consideraba tarea excesiva ir a la escuela o hacer cualquier mandado. Algunos pensaban que se trataba de un trastorno mental, una especie de fobia al trabajo, aunque el abuelo ya entonces dictaminó que el zagal era más gandul que un trillo y que por eso no le gustaba amagar el lomo.
   Sin embargo, pasados muchos años, aunque fuera por equivocación, tuvo un empleo, que las malas lenguas atribuyen a una estrategia sibilina que no tenía como fin trabajar, sino beneficiarse de la posterior prestación por desempleo. Así, en este dolce far niente del subsidio vivió algunos años, hasta agotar la ayuda de 426 euros y quedarse sin nada, viviendo a la sopa boba.
   A tanto ha llegado su gusto por la desocupación, que ahora afirma que no busca trabajo porque, si lo encuentra, perderá su antigüedad como desempleado, con los perjuicios que eso conlleva. Y así está, mano sobre mano, paseando de un lado para otro, mientras censura a los que encuentra trabajando la inutilidad de su esfuerzo, cuando se puede vivir sin hacerlo.
   Pero como todo puede ir a peor, o a mejor, según mi primo, resulta que viene oyendo que doña Fátima Báñez y otros arbitristas de la salida de la crisis se afanan en crear nichos de empleo, y desde entonces lo veo más ufano, más creído de la verdad de sus razones, pues ya no se trata de soportar ocupaciones fatigosas o trabajos basura, sino de algo mucho peor. Los citados nichos laborales le confirman algo que él ya sospechaba: que el trabajo es un “mataero” y una muerte, y los que nos ofrecen empleo no son más que nuestros taimados enterradores.
   Pensándolo bien, no le falta razón, porque los gurús de la política no paran de inventar términos que encubran la verdad de sus mentiras, sin darse cuenta de que, como en este caso, sus retorcimientos expresivos no arreglan, sino que empeoran las cosas. O al menos eso dice mi primo.
LA FERIA DEL MUNDO.


Dimes y diretes (XXV): Bajar los brazos                                                   

Oigo que el gobierno de Rajoy ha bajado los brazos ante la cuestión catalana y me imagino una instantánea de todo el ejecutivo durante una clase de Gimnasia –ahora llamada Educación Física-, justo en el momento de calentar subiendo y bajando los brazos. Y me cuentan que también la Unión Europea ha bajado dichas extremidades superiores en el conflicto de Ucrania, y entonces me resulta más difícil imaginarme al pedazo de continente personificado que, en calzón corto, se ejercita en estos menesteres atléticos.
   Pero es que en medio de esta confusión me llega el vocerío de la retransmisión deportiva de turno que dictamina con pesimismo que el equipo de casa, tras el segundo gol, ha bajado irremisiblemente los brazos, y me pongo a pensar si es que se juega peor al fútbol así; e incluso malpienso si hasta ese momento han competido con los brazos en alto, como si fueran víctimas de un atraco, en cuyo caso dudo que pudieran ir ganando.
   “O tempora, o mores!”, dijo Cicerón, y de ahí algunos que no entendían mucho de latín interpretarían libremente que no había que confundir el culo con las témporas. Que es lo que les debe pasar a los que confunden el pensamiento con la acción, la voluntad con los miembros que la ejecutan. Entonces es cuando, en un selfi imaginario, me tomo una imagen de mí mismo para comprobar dónde y cómo tengo los brazos: si en la cabeza, sobre la mesa o colgando junto a los ídem del sillón. Y me da por pensar que si bajar los brazos es abandonar una idea o un empeño, desistir de lo que estábamos haciendo y, en definitiva, no hacer nada, está claro que no podré ponerme los calcetines ni calzarme los zapatos, ni rascarme la pantorrilla o la entrepierna, ni, por extensión, coger flores, plantar cebollino, recoger la caca del perro, y un larguísimo etcétera.
   Y entonces me invade una sensación de parálisis e inutilidad que me lleva a ponerme las manos sobre la cabeza por si acaso todo esto que pienso fuera verdad. Y para que se sepa que yo no tiro la toalla, ni mucho menos bajo los brazos.