sábado, 24 de diciembre de 2016

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (VI): Disfrutar más que un chino en un melonar

Ya de entrada, les diré que este malhadado dicho habría que desterrarlo de los diccionarios -si acaso estuviese en ellos-, de los palabreros indígenas, de nuestro buen hablar y, en general, de la faz de la tierra -igual que quiso hacer don Quijote con aquellos gigantes malsines que lo perseguían-, por equívoco, ofensivo y dañino para el ganado y también para el género humano.
   Porque a ver de qué chinos hablamos. Si se trata de los chinos de la propia China, aviados estaríamos si, además de tenerlos poblando las tiendas de todo a cien, de baratijas y quincalla, de ropa de quita y tira,  extendidos por restaurantes y tabernas de barrio, dueños de polígonos industriales y de chiringuitos financieros de dudosa transparencia, los viéramos también desparramados por nuestras huertas y bancales, triscando felices en nuestros melonares.
   Si hablamos de los otros, de los nuestros, de los comperdón chinos de la marranera, tendríamos que haber introducido como muestra de higiene y de respeto un “hablando conmigo solo” o un “hablando cortamente” a la hora de mentar el nombre de los de la vista baja que, sin perdón, así se llaman.
    Suponiendo que se tratara de estos últimos, resultaría un atraso alimentar a la cerdosa grey de una manera tan rudimentaria; y un desastre económico, porque destrozarían la cosecha de las cucurbitáceas; a todo esto, sin aclarar si se trata de melones de año o de melones de agua, ahora llamados estos últimos, inexplicablemente, sandías. Y no olviden que esto iría en contra de la ley de bienestar animal, de igualdad y de respeto a las minorías, porque ¿a quién se le ocurre sacar el chino, con perdón de los presentes, de sus cebaderos dotados de aire acondicionado, alimentación y limpieza automáticas y música de Mahler o de Bach, para que le piquen las moscas o sufra un golpe de calor? Item más, sin que hasta ahora ningún cerdo haya presumido de disfrutar como un tal en los melonares, que esto son más bien infundios de sus dueños.
   Parece que estamos locos. Y es que cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. O saca los comperdón chinos al melonar. Que viene a ser lo mismo; o algo parecido. 
LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (V): Brazo de gitano                                      

Por darles alguna noticia de mi humilde persona, les diré que una de mis muchas desocupaciones y vagancias consiste en vivaquear en los supermercados, donde zascandileo buena parte del día entretenido en descubrir los inacabables misterios y sorpresas del pulcro y geométrico laberinto de sus estantes, epítome del gozoso universo del consumo: secciones que de la noche a la mañana emigran enteras a los antípodas de donde estaban, productos de renombre que son devorados por la imparable marabunta de las marcas blancas, novedades en el ramo de la charcutería o de los encurtidos, y otros mil hallazgos de feliz recordación.
   Pero ninguna aventura tan sorprendente como la del suceso que me acaeció hace un tiempo en los expositores refrigerados de confitería del Mercadona. Ojeando las tartas, bizcochos, piononos y otras galguerías industriales que allí se exhiben, me saltó a la vista una situación increíble: en el fondo del expositor yacían los despojos de lo que fueron brazos de gitano, cruelmente amputados de su complemento nominal.
   Y entonces me puse a imaginar el llanto desconsolado del monje berciano de la Edad Media que, en su azarosa peregrinación por el mundo, descubrió y adoptó el que llamó brazo egipciano, luego bautizado por otros como brazo de gitano; y me pregunto yo qué pensarán ahora los de esta raza ante la expropiación nominal del moreno y entreverado rollo. Y rumío muy entre mí que daría un brazo, una pierna o cualquier otro miembro de mi corporal anatomía para que la propiedad de tan sabroso manjar fuera conocida con mi nombre, el de mi gente o el de mi país, como nos ocurre con la tortilla española. Y sueño cómo disfrutaría viendo los carteles, rótulos y etiquetas con el dicho nombre que me harían famoso en confiterías, supermercados y en casas particulares.
   Así que, por todo esto y más, habría que restituir al brazo el nombre de que hasta ahora había sido su dueño, siempre que no se considere un atentado contra los principios de la igualdad, el respeto a las minorías y la ley de transparencia. Porque esto no puede quedar así; y llamarlo brazo de payo podría considerarse  abuso de posición dominante y apropiación indebida. Que hay gente para todo.
LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (IV): Trabajar como un negro                       

“Ser un estajanovista” o “trabajar como un negro” son expresiones que no parece que vayan en desdoro de aquel Stajanov que multiplicaba día a día el rendimiento de su cuadrilla de mineros, por lo que fue convertido en modelo del sistema de producción socialista, ni supongan un menosprecio a la memoria de aquellos de raza negra que un día fueron esclavos.
   Pero en torno a este trabajar como un negro, o ser negro de alguien, se acumulan prejuicios de siglos, con el intento de abominar del término negro, como si muerto tal nombre se acabaran las desgracias de los así llamados, de manera que ya el padrastro de Lazarillo de Tormes, de un color negro que asustaba a su propio hijo, era conocido como moreno, calificativo que Quevedo tachó de hipócrita.
   Se iniciaba así un largo camino de ocultación de la caracterización por el color, mediante la sustitución del término prohibido por sucedáneos referidos al origen geográfico, como afroamericano o subsahariano. Tomando como referencia la campaña de los “afrodescendientes” uruguayos para eliminar del DRAE la expresión “trabajar como un  negro”, cabría preguntarse, si ellos ya no se reconocen como negros, a qué viene la indignación ante tal comparación expresiva. O tal vez quieran que se manipule el dicho afirmando que alguien trabaja como un afroamericano, subsahariano o afrodescendiente como ellos.
   Tampoco parece buena idea sustituir al negro por miembros de otra raza, porque trabajar como un amarillo soliviantaría a buena parte del continente asiático, hacerlo como un indio pondría en pie a las reservas de los tales y laborar como un blanco sería absurdo por redundante.
   También podríamos ir más allá diciendo que alguien trabaja como un Adán, basándonos en la maldición bíblica que condenó al primer hombre a ganarse el pan con el sudor de su frente; pero igual nos ganaríamos la enemiga de todo el género humano, descendiente de aquel desgraciado.