jueves, 7 de septiembre de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Manual de urbanidad (IV): El torpe aliño indumentario                    

Las costumbres del vestir cambian que es una barbaridad, de manera que los que un día se acostaron con calzas y calzones, amanecieron con las piernas embutidas en largos pantalones y el Petronio que goza hoy de autoridad en esto de la moda, mañana resulta pasado y anacrónico.
Antonio Machado se excusaba por su “torpe aliño indumentario”, seguramente cuando, apoyado en un elegante bastón, se veía vestido de traje oscuro, camisa blanca con picos de pajarita, chaleco, corbata y sombrero gris con ancha faja negra. Y es que Machado, en esto del vestir, como en su ideología, quizá era un adelantado inconformista que reconocía que su atuendo riguroso y formal comenzaba a no estar de moda, incluso frente a otros contemporáneos, como Valle-Inclán, que ya habían abandonado la imagen contenida y convencional en el vestir.
Por eso, si el gran poeta viviera ahora, se inclinaría por la imagen de escritor informal y alternativo, más interesante por lo que aparenta que por lo que escribe, vestido a la moda que imponen los que marcan tendencia en las redes sociales: quizá un hipster, con tupé y amplia barba, gafas verdes de pasta, pantalones de pitillo con tirantes, camisa de franela estilo leñador o camiseta roquera, zapatillas de deporte o chanclas de diseño. Y en vez de sermonear con visiones melancólicas de los cerros y pejugales de la tierra soriana, sería experto en poesía experimental, con las antenas de Twiter y del Washsapp orientadas a las nuevas tendencias políticas y culturales, centradas en lo indie y lo vintage, para conocerlas, y sobre todo para contarlas.
Aunque quizá el viejo poeta trasnochado no llegara a la informalidad que no tiene nombre ni atiende a sofisticaciones culturales: la del mozo o del hombre barbado que alardea de camisetas de estampados indescriptibles o camisas remangadas, pantalones caídos ratonados de mil gateras y desgarrones y sembrados de arrugas, o de bermudas o taparrabos, calzado de sandalias de goma, que presume en su deambular cotidiano, en actos culturales y en celebraciones señaladas del nuevo, o viejo, canon de la moda, para disgusto de los carcas y retrógrados que no se han adaptado a los nuevos tiempos.
LA FERIA DEL MUNDO.
Manual de urbanidad (III): La vuelta de los zaragüelles                    

Como ustedes son buenos observadores, no es necesario que yo les diga que hacia el mes de mayo, “cuando hace la calor y los trigos encañan”, las sanas y renovadas costumbres de estos tiempos, que uniforman a ciudadanos ilustres y seres humildes y silvestres, dictaminan que los hombres han de acortar el pantalón en una medida más o menos considerable, que va del largo tipo bermudas del Caribe al escueto taparrabos estilo Tarzán de los monos. Y es cosa de ver cómo mozos imberbes y hombres barbados dejan en pelote las piernas hasta ahora blancas y siempre peludas.
De esta guisa los vemos despatarrados en el sillón o en el sofá familiar; pero también cuando acuden a la playa sin el albornoz antaño reglamentario o van prestos a comprar el pan. Y la moda impone que este escueto aliño indumentario sea el que exhiban en terrazas y paseos de la urbanización playera y de la gran capital; y los jóvenes asisten con el dicho aditamento a espectáculos y jolgorios, y también a la escuela o la universidad; y el ciudadano respetable acude a la consulta de la Seguridad Social, a la conferencia o al concierto con la citada prenda, ya sea de buen tejido y mejor corte o el calzón de deporte lleno de candiles con que entrena, juega al pádel o corre la media maratón. Por no hablar del ajuste del calzón, que puede ir del canutillo que marca el paquete al de amplios vuelos, que, al sentarse y cruzar las piernas, puede dejar al aire los pelendengues de entre las tales.
Así que, visto lo visto, me digo a mí mismo que en esto de la moda no hay nada nuevo bajo el sol; y me pongo a pensar que, como las nubes del cielo que contemplaba Azorín, todo va y viene en un eterno retorno que nos lleva sin darnos cuenta de los zaragüelles huertanos al calzón corto, que hoy como ayer acreditan estar a la moda, tanto a diario como en las fiestas de guardar. Que a largo plazo, como ya dijo el inmutable Parménides, todo permanece y nada cambia, mal que nos pese.

jueves, 13 de julio de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Manual de urbanidad (II): Cúbranse                                                    

Con esto del calentamiento global y demás calamidades climáticas que se nos vienen encima, predican los entendidos y augures que es aconsejable llevar la cabeza bien cubierta. Pero la cosa no queda ahí, porque el manual no escrito de las costumbres del progre, el famosete, el finodo, el friki, el alternativo y, en general, de todos los atacados de la modernidad, dice ahora que llevar sombrero o cualquier otra prenda para el casco crea tendencia y refuerza la propia imagen; como, yendo un poco más lejos, les ocurría a aquellos reaccionarios de antaño que se enorgullecían de llevar sombrero, aunque solo fuera para distinguirse de los rojos y pobres de solemnidad, tocados entonces con boinas y gorras.
Lo que ocurre es que los antiguos se cubrían la cabeza no solo para protegerla de los elementos u ocultar su calvicie, sino con la absurda pretensión de practicar la elegancia social de quitarse lo que en ella se habían puesto. Porque era de obligado cumplimiento para el caballero llevarse la mano al sombrero con el ademán de descubrirse al saludar a una dama o a un igual, y el despojarse de la gorra o de la boina para el humilde en presencia del señor o del señorito. Y nadie discutía entonces que en la casa propia o ajena, en una oficina o un lugar público o en cualquier ceremonia el buen gusto exigiera despojarse de la montera, aunque solo fuera para distinguirse del asno que va y entra a todas partes con las aguaderas puestas.
Pues bien, ahora lo fashion es no descubrirse de la prenda capital ni en misa. Distinguido se ve al deportista que da una rueda de prensa con una gorra deportiva de enorme y abovedada visera, casi siempre puesta al revés; famosos de rango asisten a celebraciones y entregas de premios con el bonete encasquetado; y casi todos entramos en la consulta del médico, a la clase magistral o la conferencia de postín con gorra, boina de diseño o sombrero de paja. Y quien tal no hace corre el riesgo seguro de no estar a tono con las circunstancias y de ser tachado de carca. Que los tiempos cambian y hay que adaptarse a ellos.
LA FERIA DEL MUNDO.
Manual de urbanidad (I): Yo (y los otros)                                            

Si usted considera que la persona debe ser sujeto de derechos pero también de deberes,  si usted cumple de buen grado las obligaciones y normas, si usted respeta a los demás sin esfuerzo, sepa que está en grave riesgo de exclusión social. Y más, si usted sigue anclado en costumbres ancestrales como saludar, no hablar a gritos, respetar las opiniones de los demás, no saltarse colas y escalafones, atender a las indicaciones de funcionarios y empleados de servicios y, sobre todo, reconocer sus errores y dar la razón a los demás, no le quepa duda de que usted es un individuo desorientado y enfermo, un bicho raro equiparable al más estrafalario de los personajes de Kafka.
Así que conviene que se someta a una reforma universal de sus costumbres que le ponga al día del manual de urbanidad de los nuevos tiempos. Tome como modelo a Caín y nunca a Abel, piense que todas las bondades y buenas razones están siempre de su parte y nunca en los demás, dirija usted sus dicterios y atropellos contra esto y aquello, contra unos y otros, e incluso contra la totalidad del género humano, y mátese con quien diga o haga lo contrario.
Si es usted padre, defienda las bondades deportivas de sus vástagos, insultando, apedreando y agrediendo a los árbitros, a los competidores e incluso a sus señoras madres,  y desacredite, denuncie y, si es menester, abofetee a los maestros que tuerzan su tierna voluntad; eche la culpa de sus accidentes de tráfico al firme de la carretera o a la máquina del tren; desautorice, apostrofe y agreda de palabra y de obra al funcionario de la ventanilla, al médico del ambulatorio, al mozo de estación, al conductor del autobús y a todo aquel que en la calle o a cubierto no siga sus dictados o le recrimine su comportamiento; y cuelgue siempre tan saludables ejemplos en las redes sociales. Y así nadie le reprochará nada y será usted bien considerado como modelo de inconformista, indignado y reformador de usos y costumbres. Ah, y en toda ocasión brame contra el gobierno causador de todos los recortes y males del mundo, que eso no cuesta dinero y siempre queda bien.

miércoles, 5 de abril de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (XII): Tonto del culo                                       

“Confundir el culo con las témporas” es un dicho que pone en evidencia una equivocación en grado superlativo, que va más allá de mezclar lo blanco y lo negro, lo alto y lo bajo, lo bueno y lo malo, para llegar hasta la amalgama de la velocidad con el tocino, que es el extremo de la confusión.
   Algo semejante es lo que ocurre con “tonto del culo”, ese insulto arrojadizo que podemos decir de cualquiera, siempre que no sea de nosotros mismos, sin pararnos a pensar en su grado de adecuación a la verdad. Si tuviéramos esto en cuenta, sabríamos que, desde antiguo, médicos y filósofos entendieron que la inteligencia y la capacidad de raciocinio estaban en el cerebro y, por extensión, en la cabeza. Y la sabiduría popular insistió en ello llamando a esta caja del saber y de la memoria caletre, magín o sesera, dando por sabido que hay que calentársela para aprender y pensar. De la carencia de este fruto del cerebro daban noticia expresiones como “tener poca sal en la mollera”, “tener poco seso, “ser un cabeza hueca” o tener pájaros en el dicho magín. Y si queríamos que todo quedara más claro, podíamos decir del que estaba falto de luces que era tonto, tontaina, tontarria, tontucio, tontuesco, atontado o atontolinado, entre otras lindezas.
   La incoherencia se produce cuando añadimos al claro y rotundo calificativo un complemento nominal que resulta absurdo por redundante. De todos es sabido que lo que está por bajo de la cintura, sean anterioridades o posterioridades de nuestra corporal anatomía, carece de la capacidad de raciocinio, por lo que resulta absurdo trasladar a los antípodas, es decir al culo, la ausencia de lo que debe estar en la cabeza, instancia noble de la persona humana.
   Queda así sentado que llamar a alguien tonto del culo es una solemne confusión que podría conllevar como efecto colateral el que consideráramos tonto, y aún más, tonto del culo, a quien tal cosa dijere. Que ya dijo Gracián que los dichos no suelen ser la voz de Dios, es decir, de la sabiduría, sino de la ignorancia y la vulgaridad. Así que cuidado con las frases hechas, que a veces las carga el diablo y pueden dejar al que las dice con el culo al aire, como un  tonto del culo.

lunes, 20 de marzo de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (XI): A calzón quitado                                    

Decía Juan de Mairena que “no hay vestido sin desnudo”, y añadía que el vestido sirve “para asegurarnos, de la manera más firme, la posibilidad de desnudarnos”. A eso añadiremos que nuestra afición por el desnudo viene a ser un ejercicio de añoranza de aquellos felices tiempos en que Adán y Eva andaban en cueros por el Paraíso; y de todas las ensoñaciones adánicas que cifraban la felicidad en vivir como Dios nos trajo al mundo en una Edad de Oro sin envidias ni pesares.
   Pero deberemos ser recatados y pudendos porque el desnudo lo carga el diablo y luego ya se sabe… Se trata de guardar las formas por respeto a los demás. Porque nada malo hay en que don Quijote se diera dos zapatetas y dos tumbas con el culo al aire en la soledad de Sierra Morena, o en exhibir los pelendengues entre los miembros de la tribu de una playa nudista. Pero otra cosa es hablar o hacer tratos sobre asuntos serios, delante de todos, en pelota picada.
   Cuando oigo que los ejecutivos de unas empresas o los concejales del Ayuntamiento hablaron del asunto a calzón quitado, me temo lo peor, porque me imagino a los tales en cuereticos vivos enhebrando sus dimes y diretes sobre la cuestión; y me dicen que unas obras se están ejecutando a calzón quitado y me veo a los técnicos y obreros dándole al pico y a pala en tan embarazosa desnudez.
   Y entonces me pregunto si por razones de higiene y también de decoro, no sería conveniente llevar, no una gabardina ni un forro polar -como el exhibicionista para desnudarse ante sus víctimas-, pero sí algún capisayo o taparrabos que cubriera mínimamente las vergüenzas. Porque, instalados en esta libérrima condición del vestir, no es de extrañar que la gente hable y coma y gane dinero a pajera abierta –expresión que sugiere más que dice-; y lo que es peor, que ande por la calle, haga gestiones y mandados, reciba a personas y despache sus asuntos, vaya al cine o a un debate a pijo sacao, con el riesgo que eso entraña y el escándalo que produce.
   Dejemos, pues, que este ir a calzón quitao sea solo una aspiración, como lo es el volar para el pájaro encerrado en su jaula, como dijo el maestro Mairena. Pero nada más.

viernes, 3 de marzo de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (X): Más gandul que un trillo                        

He de decir que los amigos de la desocupación, que somos muchos, nunca tuvimos muy buena imagen. De mil maneras se buscó desacreditar nuestra entrega a tareas incompatibles con la vida trabajada que otros llevan, nuestra afición a no hacer nada: pasear calles, visitar bares y tabernas, entablar conversación con unos y con otros, estar despatarrados en el sofá, ver la tele y manejar con mimo y destreza las teclas del whatsapp son algunas de las ocupaciones que nos merecieron calificativos tan injustos como este gandul, de mucha tradición, junto a una lista interminable de improperios donde nuestros enemigos probados pueden elegir, desde los relativamente suaves como ocioso, apático, perezoso, indolente o desidioso, hasta los más crueles, como holgazán, haragán, vago, maula, zángano e inútil.
   No contentos con esto, los que no cejan en su enemiga contra nuestra feliz ociosidad, inventaron imágenes y comparaciones que resaltaran nuestra incompatiblidad con el trabajo, como llamarnos gandules de siete suelas o decir de nosotros que lo somos más que el suelo o que la chaqueta de un guardia; que a ver lo que tienen en común estos objetos con nosotros.
   Pero lo que los miembros de la cofradía de los vacantes no podemos tolerar es que se diga de nosotros que somos más gandules que un trillo, porque este símil tan arcaico y tan pasado de moda, como todas las faenas de la era, no es acorde con los aires de renovación y modernidad que todo el mundo sabe que nos caracterizan, dejando aparte que este exabrupto no sería entendido ni siquiera por aquellos que piensan y quieren decir mal de nosotros, y mucho menos por los que los escuchan.
   Vean la diferencia entre la imagen aldeana y terruñera del maldito trillo y muchos otros términos de comparación que nos darían un aire renovado y actual -como esquíes, monopatines, tablas de snowboard, de longboard o de windsurf-, sin desmerecer en nada nuestra dedicación más que probada al dolce far niente. Por poner un ejemplo, dirían que Quinito es más gandul que un monopatín, una tabla de surf o un kayakboard. Y nuestros críticos, también renovados y rejuvenecidos, entenderían a las mil maravillas cómo somos y lo poco que hacemos.

miércoles, 22 de febrero de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (IX): La justicia es ciega                                

Las minusvalías son carencias que merecen la comprensión y la ayuda a quien las padece. Pero si se trata de esa dama solemne a la que llaman Justicia, estas deficiencias pueden ser más feas y criticables.
   Así, dicen que la justicia es coja porque dedica demasiado tiempo a sus procesos y sentencias; tiempo de meses y años perdidos en el papeleo de cientos, o cientos de miles de folios de denuncias, declaraciones, instancias, oficios, recursos, apelaciones, citaciones, diligencias, comparecencias, edictos, exhortaciones, indagatorias, interrogatorios, moras, prórrogas, quejas, recursos, recusaciones, testimonios, reprobaciones, resoluciones y veredictos en procesos interminables. Procedimientos y papeleos que dan de comer a miles de funcionarios escalonados, desde el más alto magistrado al agente judicial; así como a otros tantos pertenecientes a profesiones liberales, como abogados, pasantes, procuradores, peritos, gestores, etc. Toda una casta de la que el demonio metido en el cuerpo del alguacil alguacilado de Quevedo dice que se alimenta generosamente el infierno: “De cada juez que sembramos recogemos diez procuradores, dos delatores, cuatro escribanos, cinco letrados y cinco mil negociantes”.
   Pero que la justicia sea ciega, carencia presentada como símbolo de su rectitud y equidad, muchos otros lo entienden como un cerrar los ojos y un no querer enterarse de aquello que no interesa a los que tutelan sus órganos rectores o se entrometen en ellos. Ceguera y arbitrariedad que no se enmendaría si fuera tuerta, porque a algunos de los que la imparten les haría mirar con el ojo bueno o con el malo, según conviniera: a desahucio de indigente, ojo sano; si apropiación indebida de banquero, ojo tuerto; si ratero menor, ojo avizor, si miembro de la judicatura, ojo perdido…
   Pero peor sería si magistrados, jueces y fiscales saciaran su sed en aquella fuente de los engaños, que, según Gracián, hace ver el mundo y las cosas  al revés, de manera que al salteador de bancos podrían verlo como un gran señor, al ladrón del erario público como un alma cándida, a los prevaricadores como seres justos y benéficos.
   Así que apañados estamos si seguimos con esta justicia ciega y antojicoja. Se habría de reformar el dicho para convertirlo en “la justicia es clarividente”, porque si lo ve todo, le será más fácil discernir entre el buen hacer y el delito. Si no, más nos valdría atender a la sentencia de Séneca que nos dice que “el que quiera vivir entre justos, que se retire al desierto”.

viernes, 27 de enero de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (VIII): Agua para todos                                 

No crean que el agua como elemento vivificador surgió ayer con el valcarceliano eslógan de “Agua para todos”, pues la condición redentora del líquido elemento es tan antigua como el propio mundo: ya el Génesis contaba que, cuando aún no había nada sobre la tierra, ”el espíritu de Dios alentaba ya sobre la superficie de las aguas”; el diluvio transformó el mundo a partir de la destrucción por el agua, mientras que el agua hace renacer a la nueva vida con el bautismo.
   El sueño inalcanzable de la felicidad tiene como símbolo el agua que fertiliza el “locus amoenus”, la tierra feraz bendecida por aguas fecundas e inagotables que ofrece graciosamente sus frutos a los que lo alcanzan: El Paraíso cristiano; los renacentistas Campos Elíseos, donde el Nemoroso garcilasiano invita a vivir a su amada Galatea; o el Jardín del Edén, poblado de ríos de agua, pero también de vino (sic) y miel, a cuyo goce convoca Mahoma a los creyentes estragados por la aridez del desierto.
   Un paraíso soñado, un oasis imaginado en medio de la sed del desierto, era lo que proponía el socorrido “Agua para todos”, que se prodigaba como dicho afortunado en rótulos, carteles y pancartas que poblaban manifestaciones y fachadas de ayuntamientos, e hinchaba declaraciones públicas y noticias de prensa.
   Pero todo ello fue una alucinación y un espejismo estratégicamente diseñado y programado para que durara lo que el zapateril gobierno, para luego ser descolgado de carteles y pancartas y olvidado en declaraciones y proclamas.
   Por eso, los espectadores y víctimas del desgraciado espectáculo proponemos que mandamases, presidentes y consejeros de esta aldea, alcaldes y alcaldables y demás fuerzas vivas creadoras del invento pongan del revés el espejismo de su “Agua para todos” para que resulte un claro y rotundo “Agua para nadie”, que se proclame en carteles y pancartas arrastrados por aviones o colgados en los edificios oficiales; pero sobre todo en las puertas de sus casas, de modo que todo el mundo sepa que donde dijeron el digo del “Agua para todos”, estaban pensando en un diego mentiroso, para desgracia de los que los creyeron. Entre tanto, pueden ir rellenando con el chorro de su orina, en un ejercicio sin fin, el vacío esquilmado e insondable del sinclinal de Calasparra y los canales y acequias que desecaron con sus falsas promesas.

sábado, 21 de enero de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (VII): Más malo que el arsénico (molío)     

Si no tienen ahora nada que hacer, miren y vean al nene -el angelico de la casa estruciante y manifacero, que todo lo toca y lo trastea- cómo mete el dedo en los enchufes, revuelve la despensa derramando o mezclando azúcares, especias y legumbres, maltrata los rabos de perros y gatos, tira del pelo y araña a hermanos y amigos y no atiende a los dictados y sermones de sus mayores. Oigamos entonces al abuelo o a la abuela dictaminar, con la baba caída, que la criaturica  es más mala que el arsénico, no con afán de reprimirlo sino de celebrar sus estrucias y hazañas. Aunque ellos preferirían decir que es más malo que los mixtos clujieros, porque este símil tiene un tono más bien juguetón y festivo.
   Se trata de un dictamen que coincide formalmente con el de la madre, aunque el de esta no será tan cariñoso ni celebrativo, pues añadirá la especificación, para ponderar la maldad del infante,  de que el fatal veneno es molido, acompañando quizá el dicho con el hecho de un sonoro esclate o clujío.
   Pero, a pesar de lo visto y oído, digamos de oficio que no nos parece de recibo aplicar a la tierna infancia símiles como el del arsénico, mortal de necesidad y, además, con el agravante de ser molido, expresión que merecería la condena más rotunda por desconsideración y malos tratos a la infancia.
   Sin embargo, receta tan expeditiva podría ser de gran ayuda para describir caracteres y comportamientos más acordes con la malignidad del metaloide mortal. Desde ahora podríamos decir que es más malo que el arsénico, e incluso que el arsénico molido, ese representante político que representa sólo sus interés, que prevarica y malversa nuestros dineros como Pedro por su casa en gúrteles, púnicas y eres, que desvalija cajas de ahorros, que despilfarra en obras faraónicas, y que, encima, dice que nos gobierna con altura de miras y con total voluntad de servicio. Aunque de este, inmunizado contra los dimes y diretes de sus gobernados, huelga lo que digamos, que no hay arsénico ni mixtos clujieros  que estén, ni de lejos, a la altura de sus maldades. Así que de muy poco nos servirán tan rotundos dicterios.