viernes, 27 de enero de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (VIII): Agua para todos                                 

No crean que el agua como elemento vivificador surgió ayer con el valcarceliano eslógan de “Agua para todos”, pues la condición redentora del líquido elemento es tan antigua como el propio mundo: ya el Génesis contaba que, cuando aún no había nada sobre la tierra, ”el espíritu de Dios alentaba ya sobre la superficie de las aguas”; el diluvio transformó el mundo a partir de la destrucción por el agua, mientras que el agua hace renacer a la nueva vida con el bautismo.
   El sueño inalcanzable de la felicidad tiene como símbolo el agua que fertiliza el “locus amoenus”, la tierra feraz bendecida por aguas fecundas e inagotables que ofrece graciosamente sus frutos a los que lo alcanzan: El Paraíso cristiano; los renacentistas Campos Elíseos, donde el Nemoroso garcilasiano invita a vivir a su amada Galatea; o el Jardín del Edén, poblado de ríos de agua, pero también de vino (sic) y miel, a cuyo goce convoca Mahoma a los creyentes estragados por la aridez del desierto.
   Un paraíso soñado, un oasis imaginado en medio de la sed del desierto, era lo que proponía el socorrido “Agua para todos”, que se prodigaba como dicho afortunado en rótulos, carteles y pancartas que poblaban manifestaciones y fachadas de ayuntamientos, e hinchaba declaraciones públicas y noticias de prensa.
   Pero todo ello fue una alucinación y un espejismo estratégicamente diseñado y programado para que durara lo que el zapateril gobierno, para luego ser descolgado de carteles y pancartas y olvidado en declaraciones y proclamas.
   Por eso, los espectadores y víctimas del desgraciado espectáculo proponemos que mandamases, presidentes y consejeros de esta aldea, alcaldes y alcaldables y demás fuerzas vivas creadoras del invento pongan del revés el espejismo de su “Agua para todos” para que resulte un claro y rotundo “Agua para nadie”, que se proclame en carteles y pancartas arrastrados por aviones o colgados en los edificios oficiales; pero sobre todo en las puertas de sus casas, de modo que todo el mundo sepa que donde dijeron el digo del “Agua para todos”, estaban pensando en un diego mentiroso, para desgracia de los que los creyeron. Entre tanto, pueden ir rellenando con el chorro de su orina, en un ejercicio sin fin, el vacío esquilmado e insondable del sinclinal de Calasparra y los canales y acequias que desecaron con sus falsas promesas.

sábado, 21 de enero de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (VII): Más malo que el arsénico (molío)     

Si no tienen ahora nada que hacer, miren y vean al nene -el angelico de la casa estruciante y manifacero, que todo lo toca y lo trastea- cómo mete el dedo en los enchufes, revuelve la despensa derramando o mezclando azúcares, especias y legumbres, maltrata los rabos de perros y gatos, tira del pelo y araña a hermanos y amigos y no atiende a los dictados y sermones de sus mayores. Oigamos entonces al abuelo o a la abuela dictaminar, con la baba caída, que la criaturica  es más mala que el arsénico, no con afán de reprimirlo sino de celebrar sus estrucias y hazañas. Aunque ellos preferirían decir que es más malo que los mixtos clujieros, porque este símil tiene un tono más bien juguetón y festivo.
   Se trata de un dictamen que coincide formalmente con el de la madre, aunque el de esta no será tan cariñoso ni celebrativo, pues añadirá la especificación, para ponderar la maldad del infante,  de que el fatal veneno es molido, acompañando quizá el dicho con el hecho de un sonoro esclate o clujío.
   Pero, a pesar de lo visto y oído, digamos de oficio que no nos parece de recibo aplicar a la tierna infancia símiles como el del arsénico, mortal de necesidad y, además, con el agravante de ser molido, expresión que merecería la condena más rotunda por desconsideración y malos tratos a la infancia.
   Sin embargo, receta tan expeditiva podría ser de gran ayuda para describir caracteres y comportamientos más acordes con la malignidad del metaloide mortal. Desde ahora podríamos decir que es más malo que el arsénico, e incluso que el arsénico molido, ese representante político que representa sólo sus interés, que prevarica y malversa nuestros dineros como Pedro por su casa en gúrteles, púnicas y eres, que desvalija cajas de ahorros, que despilfarra en obras faraónicas, y que, encima, dice que nos gobierna con altura de miras y con total voluntad de servicio. Aunque de este, inmunizado contra los dimes y diretes de sus gobernados, huelga lo que digamos, que no hay arsénico ni mixtos clujieros  que estén, ni de lejos, a la altura de sus maldades. Así que de muy poco nos servirán tan rotundos dicterios.