miércoles, 22 de febrero de 2017

LA FERIA DEL MUNDO.
Reforma de los dichos (IX): La justicia es ciega                                

Las minusvalías son carencias que merecen la comprensión y la ayuda a quien las padece. Pero si se trata de esa dama solemne a la que llaman Justicia, estas deficiencias pueden ser más feas y criticables.
   Así, dicen que la justicia es coja porque dedica demasiado tiempo a sus procesos y sentencias; tiempo de meses y años perdidos en el papeleo de cientos, o cientos de miles de folios de denuncias, declaraciones, instancias, oficios, recursos, apelaciones, citaciones, diligencias, comparecencias, edictos, exhortaciones, indagatorias, interrogatorios, moras, prórrogas, quejas, recursos, recusaciones, testimonios, reprobaciones, resoluciones y veredictos en procesos interminables. Procedimientos y papeleos que dan de comer a miles de funcionarios escalonados, desde el más alto magistrado al agente judicial; así como a otros tantos pertenecientes a profesiones liberales, como abogados, pasantes, procuradores, peritos, gestores, etc. Toda una casta de la que el demonio metido en el cuerpo del alguacil alguacilado de Quevedo dice que se alimenta generosamente el infierno: “De cada juez que sembramos recogemos diez procuradores, dos delatores, cuatro escribanos, cinco letrados y cinco mil negociantes”.
   Pero que la justicia sea ciega, carencia presentada como símbolo de su rectitud y equidad, muchos otros lo entienden como un cerrar los ojos y un no querer enterarse de aquello que no interesa a los que tutelan sus órganos rectores o se entrometen en ellos. Ceguera y arbitrariedad que no se enmendaría si fuera tuerta, porque a algunos de los que la imparten les haría mirar con el ojo bueno o con el malo, según conviniera: a desahucio de indigente, ojo sano; si apropiación indebida de banquero, ojo tuerto; si ratero menor, ojo avizor, si miembro de la judicatura, ojo perdido…
   Pero peor sería si magistrados, jueces y fiscales saciaran su sed en aquella fuente de los engaños, que, según Gracián, hace ver el mundo y las cosas  al revés, de manera que al salteador de bancos podrían verlo como un gran señor, al ladrón del erario público como un alma cándida, a los prevaricadores como seres justos y benéficos.
   Así que apañados estamos si seguimos con esta justicia ciega y antojicoja. Se habría de reformar el dicho para convertirlo en “la justicia es clarividente”, porque si lo ve todo, le será más fácil discernir entre el buen hacer y el delito. Si no, más nos valdría atender a la sentencia de Séneca que nos dice que “el que quiera vivir entre justos, que se retire al desierto”.