Artes y oficios

El trabajo del esparto

Muy de mañana, en los días del comienzo del verano, llegaban al cortijo los esparteros para iniciar una de las labores más ásperas y desapacibles de aquel tiempo de penurias y privaciones: la cogida del esparto. Hecha la limpieza de la broza y las bojas alrededor de las atochas, los esparteros, solos o acompañados de burros de carga, se desparramaban por lomas, morras y cabezos con sus ropas destrozadas y mil veces remendadas y la piel curtida y áspera por el trato con la maleza, algunos cubiertos de manguitos y zamarros de lona, y todos armados con el cogeor, palo acabado en una pequeña porra y sujeto a la muñeca con una cinta o cordel en el que se enrollaban pequeños manojos de esparto del que se tiraba hasta arrancarlo. Con varios de estos manojos se hacía una maná, atada con algunos de esos espartos, y con una docena de ellas se hacían los haces, que, sacados a cargaero, eran transportados a la espalda o en el burro hasta la era o el secadero para pesarlos y luego deshacerlos para que se secaran al sol.
   Una vez secos, unos se utilizaban tal cual para la elaboración de la pleita, banda tejida con varios ramales con la que se confeccionaban numerosos utensilios de uso agrícola o doméstico. Los otros se cocían sumergiéndolos durante un mes en una balsa para que el esparto fermentara y se curara. Una vez extendido de nuevo y otra vez secado, se guardaba en el almacén o en la cámara para irlo picando en los ratos libres o en los días de lluvia, colocado sobre el corte de un tocón de madera o sobre una piedra lisa para golpearlo con una gruesa maza también de madera, hasta ablandarlo sin romper del todo sus fibras.
   El resto eran las mil tareas domésticas en que se ocupaban las largas noches de invierno, al amor de la lumbre, que consistían en la elaboración de cuerdas, cordeles, sogas, sobrecargas, ramales para atar la mies, maneas para atar los cerdos o trabar las bestias o cachuleros, y también de la materia prima para la elaboración de recipientes y otros utensilios: largas bandas de pleita o de recincho, y filetes, cordeles y guitas para coser con ellas esparteñas, capazos, seras, serones, costales, esteras, marguales, aguaderas, barjas, zurrones, sembraeras, forros de botellas y damajuanas.

 La siega

En una mañana húmeda y florida del mes de mayo, cuando hace la calor, con las primeras luces del día se oían las voces de la cuadrilla de segadores que llegaba al cortijo, y luego se hacían presentes sus figuras con su pantalón, chaleco y chaqueta de pana, descoloridos y remendados, sombrero de paja de ala corta, la capaza o la barja del recado al hombro y el hatillo con los útiles de la siega. Al llegar al tajo, se dejaban bajo la sombra de un almendro recados, agua, chaquetas y chalecos y se hacían los preparativos para la faena: el zamarro, especie de ropón de lona compuesto de un peto y unas perneras que ataban con cintas a la cintura y a las piernas; unos manguitos también de lona; los deíles de cuero con que se protegían los dedos de la mano izquierda y la hoz marca La Pajarita bien dispuesta.
   Dirigidos por el manijero, comenzaba la faena, dedicada a arrancar la mies si estaba poco crecida, o a segarla, formando manadas que abarcan más que la mano porque se cinchaban con un ramal de la propia mies para engrosarlas; manadas que se iban amontonando en gavillas para, más tarde, juntarlas en haces, que se componían rabiculando las manadas y atándolos con ramales de esparto si la mies era corta, o colocándolas todas en el mismo sentido y cinchándolos con un manojo de la propias mies, si lo segado era largo.
   Entre conversaciones, anécdotas y relatos mil veces repetidos sobre la guerra civil o la mili, se sobrellevaba el trabajo fatigoso y acalorado, siempre dirigido por el manijero, que ordenaba las tareas y los descansos -llamados cigarros o colas, según su duración- y los tiempos del almuerzo de media mañana y la comida del mediodía. De tanto en tanto, o al final de la jornada, los haces se juntaban y disponían en el suelo en cargas formadas por varias filas si se trataba de mies corta; o se amontonaban en tresnales, compuestos de dos filas de cuatro a seis haces de fondo, sobre los que se disponían otras filas, cada una con un haz de menos, hasta que se remataba con un solo haz, que cerraba la construcción, de manera que escurriera el agua de la lluvia sobre ella, sin que calara dentro.
   Y así de la mañana hasta la noche, en larguísimas jornadas, que reportaban un mísero jornal. Y cuando la faena se agotaba, se preparaba el hato para la siega “de allá arriba”, en Topares, los campos de La Puebla, Albacete o Guadalajara, por cuyos caminos retrató Ignacio Aldecoa “a las cuadrillas de segadores, como una tormenta de melancolía”. Que luego el invierno era largo y había que estar prevenido.

La trilla

En la era culminaban durante el verano las faenas de todo un año. Pero todo comenzaba un día lluvioso de primavera en que se extendía paja sobre el suelo húmedo y se le daba rulo, para apisonarla. Tras la siega, tenía lugar la saca de las mieses a la era, a lomos de caballerías o en el carro o la carreta preparados con un empalonao montado sobre los varales que ampliaba la capacidad de carga, y allí se amontonaban en hacinas, con los haces perfectamente trabados en un “edificio” rectilíneo rematado con vertientes inclinadas que, en forma de tejado, pudieran escurrir el agua.
   Y un día de julio comenzaba la trilla. Se tendía la parva, con los haces en círculos concéntricos, para luego soltarlos y deshacerlos con la horca. Enganchado el trillo, ya fuera una tabla con cuchillas o el más moderno de cilindros, comenzaba la monótona tarea de ir triturando las mieses, en principio como un mar encrespado de difícil asiento, lo que provocaba arrumbres y vuelcos. Para que la trilla fuera uniforme, además de ir variando la geometría de los giros, había que golver la parva varias veces, abriendo carriles paralelos que dieran la vuelta a la mies, en principio con la horca, y más tarde, cuando se iba triturando, con una pala. Así todo el día, en un círculo vicioso interminable, en una rueda sin fin al buen trote de caballos o mulas, dirigidos con mano firme por el hombre de pie sobre el trillo, o al paso cansino de las burras que permitía al abuelo o la abuela ir cómodamente sentados en una silla sobre el trillo. Y muchas veces acompañados del niño, que disfrutaba del interminable carrusel, ajeno al calor y al polvo, agarrado a la cintura o las piernas del trillador. Al atardecer se recogía la parva sirviéndose de la garga, un acibarón recio y largo, enganchado a una caballería que, montado por el trillador, iba arrumbándola de fuera a dentro, para amontonarla en un bálago rectangular.
   Y al día siguiente, si había viento favorable y sostenido, se aventaba, tirando hacia arriba la mies con una horca, en una operación que iba separando el grano de la paja. Pero para dejar el grano totalmente limpio de granzas era necesario garbillarlo con garbillo o zarando sobre una superficie bien barrida. Y finalmente se recogía y medía con la media fanega y se envasaba en costales para llevarlo a las trojes de la cámara.
   La última tarea era guardar la paja, ya fuera subiéndola en jarpiles al pajar de obra situado encima de la cuadra, ya levantando en los márgenes de la era pajares de base redonda que iban cerrándose progresivamente hasta converger en un punto o almeares rectangulares, en ambos casos vestidos con una capa de rastrojo. Llegado el invierno, se irían horadando por la base para extraer la paja, dejando una gruta propicia para los juegos y entretenimientos infantiles, a resguardo del frío y de la lluvia. Y casi sin darnos cuenta vendría otra vez el verano con la vuelta a las inacabables faenas de la trilla.


El amasijo

Como una tarea casi exclusivamente femenina, el amasijo, repetido semanalmente, marcaba el ritmo de las labores domésticas, tanto por sus faenas entretenidas y penosas como por su aportación esencial a la alimentación familiar.  
   La tarde anterior, la dueña de la casa, con su pañuelo arrodeao, puestas las cerneras a caballo sobre el largo cuenco de la artesa y colocado sobre ellas el ceazo de fino tamiz, cernía con un movimiento acelerado y rítmico que separaba la harina fina del salvao. Al día siguiente, con las primeras luces, tocaba hiñir la masa en la artesa con la combinación adecuada de harina, agua y la creciente necesaria, guardada del amasijo anterior, mediante un meneado y sobado exhaustivo que ponía a prueba la fuerza y la habilidad de la amasadora. Y una vez con la textura adecuada, se tapaba cuidadosamente con la tendía de lana gruesa y tonos pardos o amarronados; aunque en invierno podía requerir encima una zamarra o, en caso extremo, meterla en un lebrillo en la cama aún caliente recién abandonada por el marido, o incluso con el marido dentro.
   Mientras la masa fermentaba y crecía, venía la penosa tarea de caldear el horno, alimentándolo con una buena provisión de leña –cargas de matorrales y bojas, jorros de ramas de almendro o de olivo…- cuyos haces se iban metiendo en aquella fragua infernal, atizada con el largo palo llamado jurgañero. Luego se procedía al barrido del suelo con una larga escoba de bojas verdes que arrumbaba los rescoldos a los lados y a tapar con trapos húmedos los humeros que habían estimulado la combustión. Los panes, ya elaborados, eran introducidos y depositados con la larga pala de madera mediante entradas certeras. Y en último lugar se colocaban las llandas con la torta de pimiento molido o de chicharrones y una gruesa empanada. Eso si no era visperas de Pascua, en que se introducían mantecados, cordiales, pastelillos, tortas de pascua y toda clase de dulces.Y entre tanto, la abuela freía en la sartén unas anchas y orondas placas de masa, las tortas fritas, que aplacarían el hambre antes del almuerzo.
   Probado el pan caliente, así como las tortas y empanadas, se procedía a guardar el tan preciado tesoro en la cesta del pan, de pleita un tanto basta, que en la cámara se colgaba de una cuerda o se depositaba en un zarzo de caña suspendido en el aire, tapado con la gruesa tendía, para que no fuera pasto de gatos o ratones y se matuviera sin humedades que lo flurieran.

Los pelaores

La pela de las ovejas, en la plenitud de la primavera, cuando el calor comenzaba a apretar, era una ocupación noble, de castellanos viejos, frente a la esquila de las bestias, oficio marginal propio de gitanos. Los pelaores, en número de dos o tres, llegaban de buena mañana con sus sombreros de copa estrecha y sus largas blusas negras o ligeramente pardas, impregnados del olor aborregado y corralero que daba el oficio. Tras la consabida copa de coñá o de aguardiente, comenzaba, sin más preámbulos, la faena: en la porchá, si el corral tenía una parte cubierta, o debajo de un árbol si era al aire libre, en medio de olores crasos, considerable polvareda y un concierto de balidos desganados y quejumbrosos, las ovejas eran echadas al suelo una a una y convertidas en un ovillo, trabadas sus cuatro patas. E inmediatamente intervenía el pelador que, con sus enormes estijeras de hierro fundido, de ojetes forrados de trapos para que no hicieran llaga y hojas de dos centímetros de anchas, iba despegando de forma ordenada la manta lanar en pasadas sucesivas que dejaban el cuerpo del animal mondo desde el rabo a la cabeza, entre el rac, rac hiriente y metálico de los tijeretazos. Finalmente, la lana de cada oveja se anudaba formando un vellón que, junto con otros, iba formando una pequeña montaña, mientras las víctimas, encogidas y vergonzosas en su desnudez, se incorporaban al grupo de las ya esquiladas.
   Al día siguiente, los cuerpos desnudos, impregnados de polvo, estiércol y grasa durante el año, se sometían a la purificación, semejante a la bíblica del río Jordán: acercadas a una balsa rebosante, eran arrojadas una a una las reses, que chapoteaban y nadaban como los supervivientes de un inesperado naufragio, mientras las aguas iban adquiriendo un color marronáceo y una consistencia achocolatada. Tras el rescate, se sacudían el agua agitando espasmódicamente el cuerpo y corrían a secarse al sol amorradas unas junto a otras.
   Lo demás sería tarea de las mujeres, que habrían de deshacer la lana de los vellones y someterla a lavados intensivos en el pilar o en la balsa, hasta que quedara blanca y mullida, preparada para la venta; menos una pequeña parte destinada a renovar colchones, cabeceras y cojines, que ya iban estando apelmazados.


El marchante

Con las primeras luces, pero también a cualquier hora del día, podía vislumbrarse a lo lejos un viso oscuro que anunciaba la figura del marchante. A primera vista, la indumentaria lo retrataba de cuerpo entero: sombrero de corona redonda o apuntada; blusa negra o de color gris pardo, con una apretada hilera de botones de arriba abajo, amplia y larga hasta la rodilla, que servía de traje de calle y también de guardapolvo de faena; pantalón de rayas, más apropiado para una boda o un bautizo que para enfangarse en el corral; y el inseparable gayao, de madera nudosa de almendro o de caña ligera de mimbre, con mango amplio forrado de piel del que pendía un asa fina para colgarlo de la muñeca, y rematado con una porra natural o claveteada; pieza de mil usos que ayudaba a caminar, defendía de enemigos imprevistos, se apoyaba detrás para descanso al cuerpo en las largas horas de regateo y era instrumento de trabajo imprescindible con el que se seleccionaban entre el tupido rebaño el borrego, la oveja o el cabrito sujetándolos por el cuello con hábil y ligera maniobra.
   El trato era un largo tira y afloja, con un estricto ritual: tras los saludos y parabienes, venía la observación y tanteo de los animales en el corral, capturados con un golpe certero del gayao; y luego el ejercicio dialéctico del trato propiamente dicho, con el vendedor y el comprador frente a frente: el primero, algo cohibido y como haciendo remilgos ante las proposiciones, mientras el marchante se mantenía firme apoyado en el cayado puesto por detrás o haciendo con él distraídas figuras en la tierra, o ensayaba acercamientos atrevidos poniendo la mano en el hombro o agarrando cordialmente de la solapa, que se alternaban con los abandonos simulados del campo de batalla, para volver al asalto con nuevos bríos; o hacía supuestas confidencias –“Tío José, le voy a decir a usted una cosa…”-. Y, finalmente, el cierre del trato con acuerdo del precio –“Pijo, diez mil reales y no se hable más del asunto-” y el apretón de manos. Luego venía la selección y apartado de las piezas sirviéndose del famoso cayado y, finalmente, la reverberación del sol de la siesta nos dejaba ver una nube de polvo flotando en el camino, entre la que sobresalía la blusa negra y un sordo rumor de balidos cada vez más lejanos.


El matachín (IV): La mortaja

El segundo día, muy de mañana, vuelta a la tarea. El matachín, a espiazar el cochino: las piezas, tanto magras como tocineras, se iban clasificando en la artesa en más o menos grasas y según fueran para embutidos u otros menesteres. Las mujeres, entre tanto, llevaban casi todo el peso del frangollo: cortaban las mantecas y reaños de las tripas que, amasados con la cebolla cocida y la sangre, darían lugar a la masamorcilla, que era entripada con embudos y convenientemente fajada y segmentada con hilos; con carnes magras, fatigosamente picadas, amasaban los chorizos, salchichas y longanizas, estas últimas embutidas en tripas o en el orondo morcón; mientras que las carnes más grasas eran para los blancos, en tripa o en la vejiga, o para las butifarras, en este caso combinadas con despojos, pellejos y cartílagos, previamente cocidos, ya fuera en tripa fina o en el recio obispo del intestino grueso. Esto último, no sin antes extraer de entre las carnes cocidas, las magras y carrilleras más suculentas, que se adobaban con sal y orégano o con vino para tomar unos bocaos a media tarde.
   Mientras el matarife extraía y quebraba con el hacha las costillas y el espinazo y terminaba de espiazar los mantas de tocino, bacones y perniles, nunca llamados jamones, y los recortaba con mimo, las mujeres terminaban de cocer los embutidos, que luego subían en rebosantes librillos a la cámara y, finalmente, con carbonato y estropajos de esparto japotreaban el ajuar impregnado de grasa, desde la mesa de matar al último librillo. Y después cada uno a su casa, salvo los que se convidaban para acabar con los restos de la saúra y masamorcilla del día anterior. Aunque los días siguientes la dueña de la casa tendría todavía faena: guardar el pringue de cocer el embutido para untar el pan o hacer jabón, preparar los orzas de adogo o adobo de costillas y lomos, freír los chicharrones y enviar el espinazo con un arreglico para el cocido –hueso, trozo de tocino, morcilla- a parientes y amigos o sacar a orear los embutidos; y mientras, el marido preparaba la salazón de los jamones que, junto con los embutidos más recios –vejiga, obispo, morcón- y los adobados hechos cecina, abastecerían la casa hasta el fin del verano. Y en otoño, vuelta a empezar.


El matachín (III): El gran festín

Aunque los matarifes modernos se despachaban en un día, ayudados por las nuevas tecnologías del soplete de butano y la máquina de picar y embutir, el matachín hacía las cosas por sus pasos contados, sin arrebatos, de manera que tras el lavado de las tripas, las tareas quedaban suspendidas hasta el día siguiente, para que, con la intemperie, el frío diera consistencia a carnes y grasas. Las mujeres acababan de fregar utensilios y vasijas, y de la cocina llegaba al trajín de la abuela, que hacía navegar airosos en el aceite muñuelos o tortas fritas, finezas de sartén propias para festejar los eventos y celebraciones campesinas. A todo esto, era ya media tarde y, mientras el matachín y el resto de los hombres acudían a sus casas a echar un vistazo y a arreglar los animales, cuidándose de no comer nada, las mujeres se enfrascaban en los preparativos del pantagruélico festín: rodeadas de librillos, fuentes y sartenes, troceaban la casquería, llamada saúra, pelaban y partían a gruesos cantones cantidades de patatas, y freían una y otras en grandes sartenes, y finalmente las juntaban en la más grande de todas, al tiempo que se freía también la masamorcilla, si ya estaba preparada.
   La gran sartén era colocada sobre unos hierros en medio de la casa, con su largo mango descansando sobre las rodillas de uno de los comensales, que formaban corro sentados en sillas y, a falta de ellas, en la media fanega, el celemín o un robusto posete de tronco de acibarón. Y todos, con la navaja en la mano, o en su defecto un punchón hecho de rama de olivo, iban ensartando sus presas, en una dura competición, ya que todos preferían los piazos, es decir, la saúra, a las patatas y, entre aquellos, los duros infinitamente más que los esponjados de los bofes, mientras se hacían gracias acerca de quién comía más o menos. Y entre piazo y piazo, bocados al recio rábano, toma de olivicas partías, blancas o negras, y un buen trago al porrón. Y luego la masamorcilla, y después naranjas y granadas, y finalmente la zaranda con torraos, avellanas –para otros, llamadas cacahuetes-, castañas, nueces, almendras torrás e higos pajareros, y dulces y torta de Pascua. Y pronto, cada mochuelo a su olivo, que quedaba mucha faena para mañana.


El matachín (II): Los despojos de la víctima

Mientras las mujeres se retiraban con el lebrillo de la sangre, los hombres, dirigidos por el matachín, maestro de ceremonias, se afanaban en atar las patas traseras del cadáver, bien abiertas, en un camal -madero no muy recio, pero fuerte-, y en acercar la mesa a un árbol o al perigallo apoyado en la pared, donde se izaba el cerdo tirando de una cuerda atada a los extremos del madero. Y entre tanto, ya avanzada la mañana, estaba preparado el almuerzo de migas con tropezones o de hervido y, naturalmente, sangre frita con cebolla, que se acompañaba de recios y sabrosos rábanos y del porrón que iba de mano en mano y de boca en boca. Una vez restaurados los estómagos y recuperadas las fuerzas, el matachín empuñaba de nuevo su arma para abrir y vaciar el cuerpo del enemigo. Con mano experta, extirpaba la zona anal y los conductos que llevan a ella, pieza que era colgada de momento en la rama del árbol y que luego haría un buen cocido; aunque las familias rumbosas podrían donarlo a algún mendigo o tropa de gitanos, o arrojárselo graciosamente al perro, haciendo bueno el famoso dicho “Está que le echa el culo al perro” con que se pondera, irónicamente, la ostentación no muy fundada de alguien. Y luego venía el tajo certero a la pared intestinal, que vomitaba sobre la robusta mesa el paquete humeante de vísceras y tripas del animal.
    Mientras el matarife extraía las mantecas, cuyas mantas dejaba colgadas sobre los cuartos traseros para que se helaran durante la noche y liberaba los lomos y lomillos quebrando con el hacha las costillas para que el cuerpo abierto recibiera el frío, las mujeres, protegidas de delantales y manguitos, procedían a la tarea poco agradable, pero estrictamente necesaria, del lavado de las tripas: extendidas sobre la mesa de matar, abocada al estercolero, para que allí fuera cayendo el relleno de estómago e intestinos, tras quitarles la telaraña de grasa que entreteje la madeja intestinal para utilizarla en las morcillas, se enjuagaban varias veces con agua tibia, se les daba la vuelta ensartándolas en cañas y se les daba un fuerte japotreo con agua con trozos de limón y naranja macerados para que soltaran las mucosidades y rebabas y los últimos restos de suciedad.


El matachín (I): La muerte del gorrino

Si las estaciones marcaban los ciclos de las labores en el campo, la gobernanza y el abasto de la casa giraba en torno a la muertechino, que tenía lugar cuando arreciaban los fríos. Fijada la fecha del sacrificio con mucha antelación, comenzaban los trámites: la convocatoria de los convidados -familiares y vecinos más cercanos-, que no afectaba al matachín, apalabrado de un año para otro; y la provisión de la cebolla, la sal y la mortaja, con especias, hilos y un mazo de tripas. Desde dos días antes se desempolvaba el ajuar de la matanza: las fuentes, librillos y lebrillas; la robusta mesa de matar, exclusiva para esta ceremonia; la artesa o la tabla del pan que serviría como banco de trabajo; los embudos y cañas para embutir; y la enorme caldera de cobre de los cocitorios. El día anterior, las mujeres, en medio del llanto inevitable, pelaban y cortaban una montaña de cebolla que colmaba la caldera y, después de cocida, se escurría en una sera, al tiempo que una porción, aderezada con sal, aceite y orégano, se convertía en humilde y sabroso manjar para la cena.
   A la madrugada siguiente, todavía de noche, la caldera ya hervía a la esponta de un rincón, junto a la mesa del sacrificio, dispuesta a la entrada del estercolero o en un lugar con corriente para no encharcar la placeta con las aguas y desechos. La llegada del matachín con su barja de recincho con las herramientas era celebrada con parabienes, copa de coñac o de aguardiente y mantecados si estaba cercana la Pascua. Designado el benjamín que habría de iniciarse en la ceremonia sujetando el rabo de la víctima, todos los hombres rodeaban la mesa, acompañados de dos mujeres que pararían la sangre en un lebrillo, mientras el propietario iba en busca del reo. Enseguida, en semipenumbra, se vislumbraba la silueta de ocho o diez titanes que elevaban a la mesa el chino, hablando conmigo solo, y al matachín que ejecutaba la certera cuchillada; y se escuchaban los alaridos hirientes de la víctima, que devolvía el eco del monte cercano, y se sufría su último y violento estertor. Y luego nos envolvían oleadas del vapor del agua hirviendo con que los verdugos escaldaban el animal, sirviéndose de cuchillos y rasquetas de tamaño y antigüedad muy variados.

El perrunero

Llegado a esta sazón y punto de su glosa de artes y oficios, este cronista se declara historiador fidedigno a fuer de cristiano viejo, para no ser tachado de contador de mentiras vanas y fantasías enherboladas, como les ocurre de nación a los enemigos de nuestra religión, tal que al historiador arábigo Cide Hamete Benengeli, quien contó a tiempo parcial y con dudosa verdad la historia de don Quijote. Y digo esto antes de dar cuenta de la ocupación más misteriosa e inaudita que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros, hasta el punto de que muchos la dieron en su tiempo por inexistente y todos la tenemos ahora en la memoria del olvido: los recogedores de perruna.
   No se trataba de una actividad comercial: sus practicantes no compraban ni vendían nada in situ sino que, como si fueran miembros de una secta, recurrían a pie, provistos de una gran cesta de palma o de esparto, caminos, trochas y veredas, siempre ojo avizor para identificar y recoger de los ribazos y malezas de sus márgenes la abundante cosecha de perruna, es decir, los excrementos secos de los perros, ligeros y blanqueados por la acción de la intemperie. Salvo disputas con algún competidor por la consecución de alguna presa, eran tipos taciturnos, figuras casi fantasmales que erraban por los caminos sin dar explicaciones a nadie; sin contar y, tal vez, sin siquiera saber ellos mismos el destino y la utilidad de aquella extraña cosecha, que seguramente les reportaría un exiguo y miserable beneficio. Y nosotros, espectadores curiosos de tan rara recolección, tampoco sabíamos nada, lo que desataba las conjeturas acerca del dudoso valor de aquella mercancía, quizá destinada a obtener materiales preciosos mediante secretos procesos de alquimia, a crear fragancias arrebatadoras o a elaborar una pócima de infalible poder curativo.
   Y es que nuestra escasa formación clásica nos impedía saber que estábamos ante el album graecum, nombre latino que recibía desde antiguo la, con perdón, mierda de perro. Y como ni los profesionales de la perruna ni los observadores curiosos de su menester éramos personas precisamente ilustradas, no habíamos leído los dictámenes de insignes fisiólogos y médicos, como Lemery, que resaltaba su capacidad de “secar las verrugas, curar los tumores, calmar la disentería, resolver los edemas  y curar la tisis”, o Schuring, que indicaba que podía utilizarse por vía interna –para tumores malignos, herpes, uñeros, lepra, purulencia o mordeduras de serpiente- o externa –como cataplasma para la orquitis, gota, edemas, cáncer, reumatismo, tumores de mama…-, y en todos los casos mezclada con la orina del paciente. Ni mucho menos habíamos leído en la Enciclopédie française que varios autores lo habían recomendado “como sudorífico, calmante, febrífugo, vulnerario, emoliente, hidragogo, específico para los tumores, angina, y todas las enfermedades de la garganta”, ingerido en infusión, solo o con miel, o usado “en un gargarismo apropiado”.
   Pero un buen día tan extraños personajes desaparecieron de forma tan inesperada y sigilosa como habían venido. Así fue y así lo cuento, aunque hoy a ustedes, e incluso a mí, nos cueste creerlo.


El colmenero

Siempre en la solana, al abrigo del norte, con sus cortos y orondos cuerpos cilíndricos, huecos por dentro y con paredes tejidas con una gruesa capa de albardín, los corchos formaban una pequeña tropa distribuida estratégicamente por las calles sinuosas del pequeño laberinto que formaban las chumberas. Cubiertos de la lluvia por grandes lebrillos, puestos boca abajo a manera de sombreros chinos, ofrecían una estampa exótica a quien se atreviera a adentrarse en aquella maraña con una sola entrada y numerosas bifurcaciones. Aposentadas sobre una recia laja de piedra, en estas viejas colmenas habitaba un denso y rumoroso ejército de abejas, que tejía una intrincada malla de panales que iba llenando con el runrún de su incesante entrar y salir por el pequeño resquicio entre el rechoncho aposento y la piedra que lo sustentaba.
Pero no hablarás de su laborioso zumbar en torno a las flores del romero o del almendro, ni de la hinchazón fofa y monstruosa que producían sus picaduras secas y punzantes, ni de los enjambres que se agrumaban en primavera en el tronco de un almendro o en una rama de espino, derribados y encorchados por el manotazo certero de tu padre.
Lo que tú vas a contar es un suceso más presentido que visto. Avanzada la primavera, llegaba el anuncio: “Mañana se cortan las colmenas. Tú, hijo, ni te asomes”. Y de madrugada, cuando casi todo el mundo dormía, con las puertas y ventanas atrancadas, se procedía al minucioso saqueo de la tropa colmenera, del que tú sólo contemplabas, y de lejos, el final nebuloso de la batalla: junto a las chumberas, moviéndose entre el tósigo de la espesísima humareda de hogueras de romero, el colmenero, enmascarado y armado del humeador de fuelle con su rescoldo de torcidas de algodón, y de una larguísima espátula, combatía a las últimas escuadras de abejas que revoloteaban enloquecidas sobre lebrillos repletos de panales rezumantes. Luego estos eran trasladados a la cámara, donde más tarde se procedería a estrujarlos y escurrirlos sobre cribas de malla fina; operación de la que saldrían rebosantes orzas de miel y cestas de gruesas y macizas pelotas de cera para velas. Mientras se preparaba el almuerzo y tú probabas un trozo de panal, aún caliente, que te chorreaba de la boca y de las manos, el viejo colmenero, que era tu abuelo, se quitaba la careta de alambre y tela gris. Y todo, lentamente, iba volviendo al sosiego.

El chambilero

De los pocos juguetes de nuestra infancia –carros de pala de chumbera, pitos y escopetas de caña, arcos de vara de granado…- conservo vivo en la memoria, como si lo estuviera viendo ahora, el carrito colorido del chambilero con su coqueto tejadillo y los dos pináculos cónicos de color plateado de los depósitos del helado, sus dos ruedas y sus varas, que iba empujando el heladero, de pantalón azul, camisa roja y gorrito de marine norteamericano. Ahora mismo lo veo entre la multitud de familiares que hacían corro para ver el espectáculo: el personajillo, impulsado por la cuerda, movía las piernas con un compás aceleradísimo en su veloz carrera; y llevaba el carrito de un lado a otro con un ritmo azogado y frenético, de idas y vueltas imprevisibles que provocaban la hilaridad de grandes y pequeños; hasta que el curioso ingenio detenía su marcha tan de repente como la había comenzado.
Pero aquello no era más que una estampa urbana animada por la fantasía del juego. Porque el de verdad llegaba al cortijo sólo alguna vez en el verano, con su largo cilindro aposentado en una polvorienta bicicleta primero, y más tarde en una flamante Isomoto; y llegaba precedido del reclamo que hacía surgir de cámaras, porches y tejados un alboroto de niños nerviosos y acelerados -“¡Helaaado! ¡Mantecaaado helaaado!”-. Y entonces abría la tapa del mágico cilindro mientras pregonaba la oferta de la sabrosa mercancía –“Chambi de una cincuenta, diez reales y un duro”-, que suscitaba las desmesuradas peticiones de la clientela infantil, la regañina de las madres y la sonrisa feliz del heladero.
Después, mientras hacía girar a un lado y a otro la tapa del cilindro para mantener en su punto el helado, proliferaban los lametones al mantecado medio derretido y los chorretes que iban decorando camisas y calzones, mientras los comentarios maternos insinuaban certezas sobre la dudosa procedencia de la materia prima del helado o aventuraban si el heladero se habría lavado las manos. Luego, fuese el chambilero y no hubo nada. Solo el regusto interminable del helado.


El capaor

Que me perdonen la Santa Madre Iglesia y las personas bien nacidas si voy a contar algo que no sea moralmente correcto. Porque referirse a cerdos, cochinos o chinos (hablando conmigo solo y con perdón de los presentes) parece que no queda muy fino, y más si se trata de operaciones relacionadas con la entrepierna (del dicho animal, naturalmente). Pero como la obligación de este humilde cronista agropecuario es dar cuenta fidedigna de la memoria histórica de su lugar sin faltar un ápice a la verdad de los hechos, ya sea por acción o por omisión, espero el perdón de mis lectores, así como la gracia de la Salvación, que Dios reserva a los bienaventurados.
Así pues, sin más dilación, diré que de tarde en tarde, y desde la distancia, la armonía cantarina de una flauta de pan anunciaba el arribo del capaor (que, hablando cortamente, así se llamaba), avisado previamente para castrar la joven piara de cerdos. Tenía lugar el terrible evento entre el gruñido desesperado y agudísimo de todas y cada una de las víctimas, el beneplácito del dueño de la casa y el recogimiento pudoroso del mujerío, que consideraba aquella operación un espectáculo inapropiado para su condición. Acabado el sacrificio, una buena sartén de creadillas (llamadas entonces, con perdón, huevos de chino) fritas, solas o con tomate, aplacaba el hambre del verdugo y demás asistentes masculinos, mientras el personal femenino se abstenía pretextando desgana, mientras iba pensando en tirar la sartén del frito una vez concluyera la ceremonia. (De mucho interés sería decir que no se debía confundir la flauta capadora con la idéntica que iba tocando por llanos, lomas y vaguadas el mayoral y heraldo del Conde de San Julián, llamado “El tío del pito”, para anunciar su llegada a sus labradores y aparceros del aguadereño predio.)

Los cacharreros

En las casas y cortijos del campo no todo estaba al alcance de la mano. Por eso se pasaban faltas, y no siempre por razones económicas, sino por la dificultad de completar el abasto alimentario o de reponer objetos del ajuar de la casa o del menaje de la cocina, cosa que se hacía, a lo más, en una expedición quincenal o mensual al pueblo, es decir, a Lorca. Entre tanto, si se había roto la cazuela, se había rajado el librillo grande de la colada o la caballería había hecho trizas la carga de los cántaros, huelga decir que el guiso diario, el lavado de la ropa de faena o de domingo y el agua potable traída del pozo o de la mina del agua, estaban en peligro.
Pero para estos efectos resultaba de mucha utilidad y remedio la aparición de la recua de los cacharreros, procedente casi siempre de Aledo o de Totana, formada por varios burros o mulas cargados con enorme jarpiles rectangulares de ancha malla de esparto que, colocados verticalmente a uno y otro costado de la bestia, sobresalían más de un metro por encima y casi arrastraban por el suelo. Estos recipientes, ordinariamente destinados a llevar paja, aquí iban repletos de cazuelas, lebrillos, lebrillas, ollas, platos y fuentes, empaquetados entre capas de paja, de los que colgaban en peligroso equilibrio cántaros, botijas y botijones. En cada casa, la petición de los clientes suponía la descarga de una o varias caballerías cuyos bultos se deshacían para mostrar la mercancía o encontrar el recipiente pedido. Y luego, vuelta a empezar: rehacer la carga y retomar el camino. Y si la cosa iba bien y se vendía buena parte de la mercancía, en una semana, regresaban contentos y felices, con los animales cargados con una enorme carga de bojas y romeros, leña que serviría de combustible para cocer las piezas que otro día saldrían a vender.

Los recoveros

Todos los lunes por la tarde, lloviera o tronara, hiciera frío o calor, procedente del campo de Cartagena, y más concretamente de La Pinilla o Las Palas, llegaba el carro de los recoveros - los Tabarros, El Claudio, El Curruco…- para instalarse en la casa o cortijo que les serviría de habitación para ellos y sus bestias y sería la sede comercial y la base de operaciones de toda la semana. Y ya aquella misma tarde-noche comenzaban a llegar las clientas con canastos o cestas de mimbre repletas de huevos frescos empacados con paja –que entonces resultaba obvio decir que eran camperos- y con uno o varios pares de gallinas, pollos o conejos colgados de sus brazos. Allí, a la luz del candil o del carburo, en amable conversación, se hacía el recuento de la recova, que iba a depositarse en nuevas y grandes cestas, y el pesaje del averío, que ingresaría en jaulas de madera o jarpiles de malla de esparto. La segunda parte del trato consistía en la adquisición de algunos abastecimientos, especialmente de ultramarinos: salados –un quilo de sardinas de bota, un bonito o estornino y media bacalá-, especias –pimiento molido, cominos, orégano, azafrán El Niño…, legumbres o azúcar, e incluso algún encargo especial de ropa o ajuar para la casa.
Y cada día, al amanecer, ahora a lomos de las caballerías, cargadas con toda la impedimenta –las aguaderas con grandes cestas para los huevos ahora ocupadas por los comestibles, la bota de las sardinas adosada en uno de los costados y en otro colgadas las bacalás y el resto del salado, además de otros enormes bultos superpuestos sobre la albarda y las aguaderas-, salía la expedición para cumplir una ruta completa, tanto por el campo como por la sierra: el Puntarrón, el Cermeño y la Solana; Campo López y la Carrasquilla; los parajes de Felí y de Purias… Y llegado el viernes, de madrugada, con el carro y las mulas cargados de cestas y jaulas variopintas, entre la algarabía de los aleteos y cacareos del averío, partía la expedición hacia Cartagena.

El tío de la aletría

Macarrones, canelones, espaguetis, tallarines, fetuchinis, ñoquis, raviolis, lasaña… Te has quedado encantado mirando sus diferentes tamaños, formas y colores en el expositor de la pasta del supermercado o en el nutrido armario que abastece la cocina de tu casa; y no te han sorprendido menos sus nombres exóticos, alejados de tu léxico corto y más bien aldeano. Pero su vista te ha traído a la memoria el recuerdo distante de la pasta que tú conocías de niño, que se compendiaba en dos únicas clases: los gurullos, de elaboración completamente casera entonces, que eran pequeños pizcones de masa que tu abuela, algunos domingos, sentada a la sombra del pino, iba modelando con la agilidad y pericia de sus dedos sobre la tendida de lana puesta sobre una amplia mesa, para luego guisarlos con conejo; y los fideos, que se compraban en la tienda de ultramarinos y coloniales, casi exclusivamente los conocidos por el nombre árabe de aletría, algo recios y cortados en porciones no demasiado largas.
Pero la elaboración de la aletría también tenía su versión artesanal y semicasera en aquellos años de la escasez y el autoabastecimiento. Y tú recuerdas muy bien el memorable suceso de la llegada al cortijo del hombre de la aletría, a lomos de una burra rucia, provisto de su máquina brillante, de aspecto niquelado, que ponía a funcionar tras preparar la masa de harina y agua. El formidable artefacto, movido por una manivela, engullía la masa depositada en una especie de bandeja para expulsarla luego por los resquicios de una pareja de rodillos que iban dejando recias hebras doradas sobre la tendida de lana que cubría la mesa grande –la de la muertechino-, entre las conversaciones y el jolgorio de los caseros y sus vecinos, que comentaban entre asombrados y burlones, el funcionamiento de aquel ingenio y la maestría de su dueño, llamado el Cojo Aletría, por cierto.

Los gitanos lañadores y canasteros

Los gitanos lañadores y canasteros eran visitadores habituales de casas y cortijos. Las mujeres llegaban rodeadas de churumbeles y cargadas de cestos de tamaño variado –desde el cestico de juguete para el zagal a las grandes cestas para llevar higos, frutas o huevos- y canastas polleras tejidas de caña y mimbre para guardar la clocada recién nacida, que colgaban de brazos, cuellos y espaldas, convirtiéndolas en una especie de artefacto semoviente y variopinto; mientras, el gitano patriarca, adornado de sombrero calañés y provisto del bombillo de lañar y unas gigantescas tijeras, iba caballero en un asno harto pequeño desbordado por las largas piernas del jinete, que casi arrastraban por el suelo.
La sección femenina de esta abigarrada embajada comercial llenaba la placeta o el parador de la casa con la exposición de cestería y la algarabía del regateo de los precios, las lamentaciones por las penas y pejigueras que da el hambre y, finalmente, las peticiones inacabables de algo de ropa vieja, de los despojos de la matanza, de trigo para curar los ojos, de aceite de oliva para suavizar sobacos y entrepiernas, y un largo etcétera inacabable.
Y entre tanto, el jefe del clan esquilaba en la cuadra el averío equino o montaba en un rincón, ante el asombro y la maravilla de la chiquillería, la industria de lañar: el bombillo de latón, inquieto y saltarín, taladraba con su aguja certera platos, lebrillos y cántaros, girando como una marioneta dislocada y convulsa movida por las correas que el calé manejaba con una destreza que era puro arte de magia. Lo demás era colocar las grapas que restañaban las roturas y quiebras de los recipientes descalabrados. Luego, una vez ida toda la troupe, mientras se iban apagando los sones de su alegre jolgorio, podía echarse en falta algún objeto o una gallina. Pero eso era lo de menos.

El jarapero

 Los jaraperos quinquilleros o quincalleros, partiendo de Lorca, recorrían a pie todo el campo, frente a los traperos urbanos, que solían utilizar un carro, porque siempre hubo clases, incluso en tan noble oficio. Ellos mismos eran anuncio vivo de su ocupación: calzados con alpargatas de lona blanca y suela de goma, atadas con cinta y sembradas de agujeros en caras y talones, que dejaban ver los pies tapizados de mugre y surcados de grietas infectadas y sangrantes, su atuendo era un mosaico de harapos de color grisáceo, no se sabe si de origen o resultado de las inclemencias de los soles y de la suciedad acumulada en el deambular por los caminos.
Eran todo un bazar ambulante dedicado al trueque. Iban provistos por detrás de un gigantesco corbo, generalmente cilíndrico, tejido de recincho o de pleita cosida sobre un armazón semirrígido de varas de avellano o de mimbre, colgado a la espalda y sujeto al pecho con dos fuertes tirantes, dentro del cual iban depositando las adquisiciones de alpargates o alpargatas desechados, los “jarapos” o trapos viejos y las pieles de conejo, todo ello no siempre bienoliente. Y por delante se equipaban de una bandeja abierta o una arquilla sujeta con cintas al cuello que servía de expositor ambulante y colorista de la quincalla –tijeras, dedales, agujas, alfileres, hilo, cinta, pequeños objetos de decoración o de juguetería- con que se pagaban, mediante el regateo y el trueque, los materiales incorporados al corbo.
Tras sorber el seso de las mujeres de la casa con las “joyas” del muestrario y concluir el trato, a cuyo pago trapero se solía añadir un mendrugo de pan duro con tocino, arquilla y corbo eran cargados de nuevo entre pecho y espalda, y no muy luego veíamos desaparecer la triste y polvorienta figura tras una vuelta del camino, bamboleándose entre la reverberación de la ardiente calima de la siesta como si del lomo de un camello se tratara.